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Editorial: Bienvenidos a Marte

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Nuestro embajador en el Planeta Rojo inició su labor científica, consistente en recopilar información, llevar a cabo pruebas y buscar una respuesta a la gran pregunta: ¿hay vida extraterrestre?

Si hay marcianos en Marte, deben de estar pensando que los terrícolas son unas criaturas equipadas con seis patas redondas, largo brazo retráctil, cuerpo plano y ancho de titanio y cuello delgado y redondo coronado por una cabeza rectangular con un solo ojo.

Tal es el aspecto del robot Curiosity, que el lunes se posó en la superficie marciana tras un largo viaje espacial y una etapa final que, por la precisión tecnológica que exigía y los retos que debía superar, atravesó "siete minutos de terror" mientras ejecutaba su última maniobra. Las posibilidades apuntaban hacia un fracaso, pues la mitad de los intentos por arañar la superficie de Marte han fallado. Pero el Curiosity, el experimento más refinado del programa marciano de la Nasa -Agencia Estadounidense del Espacio-, funcionó a la perfección y desde hace cinco días nuestro embajador en el Planeta Rojo inició su labor científica, consistente en recopilar información, llevar a cabo pruebas y buscar una respuesta a la gran pregunta: ¿hay vida extraterrestre?

Después de la Luna, Marte ha sido el objetivo sideral que más atrae a los terrícolas. Abundan las leyendas, novelas, cuadros y películas cuyo protagonista es este cuerpo celeste de color magenta, más desierto que el Sahara y más frío que los Polos, cuyo tamaño es el de media esfera terrestre. Desde 1976, cuando 'amartizaron' las naves de la Nasa Viking 1 y 2, el desafío ya no consiste en llegar a Marte sino en saber cómo fue y cómo es. El actual robot de una tonelada lo indagará durante los dos años de vida que le quedan. En su recorrido por los cráteres, los hondos cañones y los elevados picos del planeta vecino seguramente hallará chatarra de otras naves que quisieron pero no pudieron cumplir objetivos parecidos.

El proyecto del Curiosity se diseñó en épocas de normalidad económica, pero ha tenido que ejecutarse en plena crisis, cuando pinta oscuro el porvenir de la Nasa y parece un dispendio enviar un aparato de 2.500 millones de dólares a tantear un planeta que poco tiene que ver con nuestra vida cotidiana. Muchos se preguntan si no habría caído mejor ese dinero en la Tierra. Pero el avance de las ciencias es una inercia indispensable para el avance de la humanidad, y depara a veces frutos inesperados. Bienvenido, pues, el Curiosity a Marte.

editorial@eltiempo.com.co

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