Editorial: A tiempo para salvar el agua
Por: EDITORIAL |
'Cuatro años para salvar el agua de Bogotá' es un testimonio crudo de lo que nos espera si no actuamos a tiempo para proteger y conservar el recurso hídrico.Oportuno y aleccionador ha resultado el extenso panorama que un equipo periodístico de esta Casa Editorial ha revelado sobre el futuro del agua en la capital: 'Cuatro años para salvar el agua de Bogotá'.
Tras varios meses de investigación y trabajo de campo, y consultando las más diversas opiniones sobre un tema tan sensible, el informe advierte que, si bien los capitalinos pueden sentirse privilegiados y tranquilos porque cuentan con envidiables recursos hídricos -empezando por Chingaza, proveedor del 70 por ciento del líquido de la ciudad-, no están exentos de un racionamiento en menos de un lustro.
Lo dramático del asunto es que dicho escenario no estaría precedido por la falta del recurso -desdicha que sí padecen otras zonas del país-, sino por lo imposible que resultará su tratamiento.
Las toneladas de contaminantes que se descargan a los afluentes (los ríos Bogotá y Teusacá); la paquidermia institucional para prevenirlas y controlarlas, la expansión sin límite y los desarrollos industriales que carecen de estrategias ambientales se ciernen como la principal amenaza sobre un elemento del que además dependen diez municipios vecinos.
Según la investigación, solo al río Bogotá se le vierten al año 165.000 toneladas de materia orgánica y 375.000 de residuos químicos e industriales. Y ya se avizora la presencia de materiales pesados (como cromo y zinc), resultado de las escombreras y las curtiembres. De ahí que hoy se requiera el doble y casi el triple de productos descontaminantes para tratar el agua que luego termina en los hogares.
Tan impactante como lo descrito es el esfuerzo descomunal que debe hacer la Empresa de Acueducto y Alcantarillado para garantizar el servicio a la capital. Una labor que, por su misma complejidad, no suele ser resaltada en ningún escenario. Desde el parque natural Chingaza hasta el grifo residencial, una intrincada infraestructura, que incluye embalses, túneles, plantas, tanques y una red de distribución de 6.500 kilómetros, asegura que Bogotá no padezca de sed. Así de simple.
Esto no obsta para recordar que la ciudad sigue en deuda con su río principal y que está en mora una serie de determinaciones claves para su descontaminación. En el Consejo de Estado permanece engavetado la decisión sobre la construcción de la planta de tratamiento Canoas y de una estación elevadora, crucial para seguir avanzando en el acuerdo interinstitucional de tratar las aguas residuales del Bogotá, cuyo costo total asciende a 5,5 billones de pesos.
Desde hace rato, el alcantarillado dejó de crecer al tiempo con la infraestructura urbana. Solo se han rehabilitado 10 kilómetros en dos años y no hay seguridad plena sobre el estado de sus 4.000 kilómetros de redes, lo que amenaza las políticas de densificación que ha planteado el gobierno distrital.
'Cuatro años para salvar el agua de Bogotá' es, pues, un testimonio crudo de lo que nos espera si no actuamos a tiempo en la protección y conservación del recurso hídrico. Un reto que, por cierto, se extiende al resto del país. Como se observó aquí mismo, además de la contaminación está la amenaza permanente de fenómenos imposibles de contrarrestar, como el cambio climático y el Niño. De ahí que deban tomarse en serio las advertencias que desde ya hacen las autoridades para ahorrar este recurso vital, pensando en la sequía que nos espera y los racionamientos que ya se presentan.
Finalmente, una vez conocida la radiografía del agua en Bogotá, bien valdría la pena que la Alcaldía volviera a revisar su decisión de archivar el estudio de Chingaza II. Nunca se sabe.
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