Editorial: El destino de los capos
Por: EDITORIAL |
La caída del 'Loco' Barrera demuestra que, si hay cooperación entre naciones, cada vez serán menos los refugios para los cabecillas de la mafia.La captura, el martes, en San Cristóbal (Venezuela), del señalado narcotraficante Daniel el 'Loco' Barrera sirve de punto final a un capítulo más de la siniestra historia del tráfico de drogas en Colombia.
Se trata del último de aquellos capos que surgieron al amparo de las bandas criminales herederas, muchas de ellas, del engranaje de los paramilitares. Pero, a diferencia de estos, Barrera no tuvo más causa que la desmedida acumulación de riqueza. Además, supo marcar un punto de quiebre frente a sus pares, al ver en varios frentes guerrilleros un potencial aliado antes que un rival para extender y fortalecer su emporio ilícito.
Esta alianza con sectores de las Farc fue el último peldaño de su ascenso en el bajo mundo, trayectoria que comenzó, según las autoridades, cuando, en 1990, pasó de alzar bultos de papas en Corabastos a ser 'cocinero' de un laboratorio clandestino de cocaína en las selvas del Guaviare. Ahí empezó, con no poca sangre mediante, a amasar su poder en el mundo narco, al tiempo que evadió durante años el radar de las autoridades, gracias a un discreto perfil, que abandonó al alcanzar la cúspide del oscuro negocio.
Así, sus pactos con tirios y troyanos lo llevaron no solo a controlar rutas a través de África, por las que sale la mitad de la cocaína que se produce en Colombia, sino también a instalarse en la mira de la justicia. En particular, se recuerda aquel consejo comunal en el 2006, cuando el entonces presidente, Álvaro Uribe, ordenó su captura, no sin antes sembrar dudas respecto a su capacidad de obtener información privilegiada sobre los operativos de la Fuerza Pública contra él.
Esta dudosa habilidad, según los expertos, fue su principal escudo en el tiempo que duró su cacería y puede tener relación con que hoy en los juzgados del país solo tenga un proceso por narcotráfico.
Pero los hechos demuestran otra vez que no hay poderío criminal que sobreviva a una acción decidida del Estado o de varios Estados, como ocurrió en el presente caso.
En esta ocasión, la encargada de comprobarlo fue la Policía Nacional, que, tras un trabajo magistral, de cuidadosa filigrana tecnológica, logró desbaratar pieza por pieza su organización hasta llegar a su captura. Una tarea en la que tuvieron parte importante el MI6 británico, la CIA y las autoridades venezolanas.
La participación del país vecino en este operativo se suma a las recientes capturas de otros capos en su territorio. Es claro que, en lo que atañe a la persecución de las cabezas de las organizaciones narcotraficantes, la cooperación entre los dos países ha dado frutos.
Pero la moneda tiene dos caras. También llama la atención que Venezuela sea un destino elegido por tantos maleantes y que poco se sepa sobre sus aliados del otro lado de la frontera.
Una vez aterrice en Colombia, es de esperarse que Barrera colabore con la justicia y delate a aquellos que, supuestamente, desde el lado del Estado, fueron sus aliados en estos últimos años. También se espera que dé pistas sobre quiénes facilitaron su estancia en Venezuela.
La caída del capo, como las de todos los demás, apenas llevará a un reacomodo, seguramente violento, de fuerzas en el mundo de la mafia. Mientras no se dé un giro de fondo y largo aliento en la forma de afrontar este problema, fruto de un consenso mundial, no es de esperar un cambio estructural. No obstante, sí es un mensaje contundente, que les recuerda a quienes han optado por esta azarosa forma de vida que su destino más seguro siempre será una tumba o una celda y que cada vez quedan menos refugios seguros para escapar de él.
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