Editorial: Zozobra en los estadios

Editorial: Zozobra en los estadios

Se están cruzando líneas rojas; clubes y Estado no están haciendo la tarea como corresponde.

22 de noviembre 2016 , 08:29 p.m.

Hay que decirlo con toda claridad: en el complejo fenómeno de las barras bravas en el fútbol colombiano, se están cruzando peligrosamente varias líneas rojas.

Además de que manifestaciones inaceptables de violencia persisten, tales como las batallas campales en las carreteras, las amenazas en foros virtuales, el asedio con intimidaciones e incluso extorsiones a los jugadores en los propios campos de entrenamiento de los clubes y el vandalismo con saqueo de comercios al paso de las caravanas de fanáticos, otras nuevas han aparecido en los últimos días.

La más alarmante, sin duda, la agresión con cuchillo que sufrió el delantero Miguel Borja, del Atlético Nacional, en plena gramilla del estadio Metropolitano de Barranquilla por parte de una mujer no identificada, mientras celebraba con sus compañeros el título de la Copa Águila. Esto, al mismo tiempo que, en las tribunas y las afueras del escenario deportivo, seguidores del equipo barranquillero se enfrentaban con la policía y dejaban múltiples destrozos.

Algo similar había sucedido en Bogotá durante el partido entre Millonarios y Bucaramanga. En los minutos finales del encuentro, celebrado el pasado 10 de agosto en el estadio El Campín, furibundos hinchas ‘azules’ invadieron el terreno de juego con el propósito de agredir a los jugadores de su equipo.

En ocasiones, frente a este asunto se argumenta, y con razón, que se trata de un problema social que trasciende de lejos la esfera de la División Mayor del Fútbol Colombiano y encuentra sus causas en procesos de exclusión social y de deterioro de la calidad de vida en centros urbanos que afrontan a diario familias con jóvenes que no encuentran espacios para ser reconocidos y encauzar positivamente su energía vital. Pero que lo anterior tenga sustento no puede ser excusa para que no se actúe como corresponde contra aquellos que, con traje de hinchas, incurren en conductas delictivas.

Para hacerle frente a este desafío sobran las herramientas: ya hay normas que castigan tales conductas, así como otras que disponen de instancias como los comités de seguridad, comodidad y convivencia en el fútbol, e incluso disposiciones que comprometen a los clubes con la carnetización de sus hinchas que pertenecen a estas organizaciones y con el despliegue de mecanismos tecnológicos en las tribunas para un control más efectivo. También se ha insistido en llamados, que con frecuencia se los lleva el viento, para que los directivos de los equipos replanteen la manera como han decidido relacionarse con los líderes de estas barras, sobre todo cuando no están claros los términos sobre los que se construyen dichos vínculos.

En suma, los hechos recientes muestran rezagos y omisiones en la parte de la tarea que compete a los clubes, así como en la que es responsabilidad del Estado por medio de sus instituciones.

Vienen intensos partidos de ascenso en la B y los de cuartos de final en la A. Y hay que apretar las tuercas para evitar desmanes. Es hora de preguntarse qué está pasando y, sobre todo, de retomar la senda que en el pasado reciente permitió que esfuerzos de varios años rindieran frutos.

editorial@eltiempo.com

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