Editorial: Ver el panorama

Editorial: Ver el panorama

Se dijo siempre que apenas se firmara la paz comenzaría la etapa más dura.

08 de enero 2017 , 12:00 a.m.

Aquello de fijarse en el panorama, en el horizonte, en vez de quedarse en los detalles, es más cierto que nunca en el caso de la implementación de los acuerdos de paz con las Farc. Por supuesto, se darán durante el proceso una serie de noticias que confirmarán algunos temores de los detractores de lo conseguido, pero no hay que ser un defensor del Gobierno para reconocer a tiempo beneficios de los acuerdos como la reducción de las tasas de homicidios, de extorsiones y de secuestros; como la comprobación de que el año pasado concluyó con un solo soldado en el Hospital Militar; o como las transformaciones reales que se han vivido en ciertas zonas marcadas por la guerra.

Falta mucho para que las secuelas del conflicto armado sean comprendidas, digeridas. Estamos lejos aún de haber superado el trauma que significa más de medio siglo de violencia, de degradación, de humillaciones a la población civil. Resulta indispensable sobreponerse al empobrecimiento en todos los órdenes: en lo social, en lo moral, en lo económico, que ha sido una de las peores consecuencias de la confrontación. Y es claro que apenas ahora comienza la reparación, la sanación del país, luego de los secuestros, las masacres y las intimidaciones, y es lo normal que el tránsito de la guerrilla a la vida civil reabra las heridas y reavive los rencores, pero conviene regresar al panorama, siempre que se retorne a la idea de que este presente turbulento es peor que ese pasado sangriento.

El panorama está lleno de estadísticas y pequeños gestos que describen una Colombia mejor: librarse de una guerra que cuesta 22.000 millones de pesos al día –según Indepaz– tiene que ser una buena noticia; la entrega por el Gobierno del plan piloto de desminado humanitario, resultado de meses de trabajo en conjunto con las Farc y varias organizaciones internacionales y que ya ha beneficiado a cerca de 15.000 personas, es una señal innegable para la esperanza; el hecho de que a finales de diciembre solo resultaron heridos dos soldados del Ejército nacional, en comparación con los 40 lesionados del mismo mes del 2015, recuerda el sentido de las negociaciones de paz.

No es bueno quedarse en las historias grises. El episodio de la semana pasada en el corregimiento de Conejo, en La Guajira, en el que algunos verificadores de la ONU bailaron con guerrilleras de las Farc, puede ser leído como una prueba de la falta de imparcialidad, tan necesaria en estos casos –y por esa distorsión de sus labores fueron retirados los funcionarios de la organización–, pero también puede demostrar de una vez que nos encontramos en otro momento de la Historia. Habrá que corregir todavía muchas cosas. Seguirán apareciendo los reveses. Y sin embargo conviene, porque se están salvando vidas y reparando familias, darse cuenta de que por fin se está hablando de otros temas, se están cambiando el lenguaje y las preocupaciones.

Hay tropiezos. Pero por el camino se arreglan las cargas si se persevera. Los campamentos de concentración necesitan implementación aún, como se vio esta semana. Requieren arduo trabajo, lo sabe el Gobierno. Pero la voluntad de las partes puede ayudar. Lo fundamental es que los pasos se cumplan, que se llegue a la concentración y a la entrega de armas.

Se dijo siempre, durante los cinco años que duró el complejísimo proceso, que apenas se firmara la paz comenzaría la parte más dura de todas: no solo se desenterrarían verdades y se revivirían traumas y serían evidentes los desmanes cometidos con la excusa horrenda de la guerra. Además, sería evidente la enorme tarea social –pendiente desde hace tanto tiempo– que tenemos los colombianos por delante, pues es de vital importancia desminar las asoladas regiones del país, pero también desminar el lenguaje y las relaciones entre los ciudadanos.

Pronto, cuando se precipite en el 2017 la campaña del 2018, será lo más justo hablar con la verdad –con los hechos y las cifras por delante– sobre el posconflicto. Y con las Farc desarmadas y convertidas en partido político, y expuestas a las diatribas a las que se expone cualquiera en una democracia, será posible enfrentar, por ejemplo, las cifras espeluznantes de agresiones contra las mujeres y los niños que suelen darse en las sociedades degradadas por las guerras. Hay mucha violencia aún en Colombia. Y la tarea es erradicar de la ciudadanía la idea de que matar e intimidar son soluciones.

Habrá noticias durante la implementación que creen desacuerdos y se conviertan en temas de campaña, pero quien levante la mirada hacia el panorama –quien vea lo que está sucediendo como lo ve, por ejemplo, un observador extranjero– verá un país que ha logrado el milagro de desarmar a miles de hombres, y de convencerlos de que el camino largo e imperfecto de la democracia es la mejor manera para transformar las sociedades.

editorial@eltiempo.com.co

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