Una joya que hay que cuidar

Una joya que hay que cuidar

Por la vital labor frente a la niñez y la familia, el ICBF tiene que estar alejado de la corrupción.

06 de agosto 2017 , 11:46 p.m.

Entre los movimientos en los tableros del gabinete y administrativo que hizo el presidente Juan Manuel Santos para su último año de gobierno, uno en particular, la salida de la directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), Cristina Plazas, ha despertado comprensibles inquietudes en la opinión.

Comenzando porque no resultó afortunada la designación de su reemplazo, la del polémico expresidente del equipo Millonarios Juan Carlos López, quien resolvió, en una decisión acertada, declinar su nombramiento.

Es de elemental justicia destacar la brillante labor de la señora Plazas durante sus tres años al frente de la institución, donde tuvo que luchar a brazo partido, con valor, contra no pocos tentáculos de la corrupción política. El caso de La Guajira es una palpable muestra.

Varias redes de los operadores dentro de la entidad vieron en ella un dique para sus aguas turbias. Sus denuncias de lo que fue descubriendo produjeron más de 60 capturas. Por ello, en el índice de transparencia, durante su dirección el instituto pasó del puesto 78 al 7. Esas son palabras mayores.

Cristina Plazas no ha vacilado un segundo, así mismo, en su lucha contra los violadores de niños, para los que ha pedido, inclusive, cadena perpetua; ni contra los insensibles maltratadores, los que atropellan a la infancia. No ha cejado en recalcar que los depredadores pueden estar en la misma casa, en el cuarto de al lado, y que se necesita conciencia para denunciar, para lo cual facilitó vías.

Balance de gestión aparte, se trata ahora de cuidar una de las entidades vitales para la sociedad. El ICBF, no solo por la magnitud de los 6,2 billones de pesos que vale su presupuesto este año, sino también por la trascendencia y sensibilidad de las tareas a su cargo, es una joya restaurada que hay que salvaguardar a toda costa de la corrupción y la politiquería.

Esta es una entidad que, desde las 33 regionales y los 209 centros zonales –ubicados, incluso, en las zonas más apartadas de Colombia–, atiende a 2,9 millones de usuarios beneficiados con sus programas para la primera infancia, la adolescencia y las familias más vulnerables.

Entre ellos están los más de 239.000 menores atendidos en los programas para todos los niños, niñas y adolescentes víctimas de abandono, maltrato y violencia sexual, entre otros atropellos. Es, en fin, un soporte vital para la familia colombiana.

Y es, por la misma razón, un valioso sustento para esa otra menor de edad aún que está caminando por el país: la paz. Bien lo dijo la saliente directora en entrevista con este diario el jueves pasado: “En el ICBF aprendí que no habrá una Colombia en paz hasta que el Estado y la sociedad entera comprendan que los niños y las niñas tienen que ser la prioridad”.

Eso es claro y clave. Por eso, el primer mandatario debe mirar con sumo cuidado quién llega a esa gerencia. Se necesita una persona de probada sensibilidad frente a la niñez. Es vital proseguir por el camino de los programas exitosos. Inclusive, sería acertado si el Presidente revirtiera su decisión y la señora Plazas continuara. Se trata de la niñez.

editorial@eltiempo.com.co

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