Editorial: Una generosidad absurda

Editorial: Una generosidad absurda

Un reportaje plantea serios interrogantes sobre las bajas penas recibidas por paramilitares en EE.UU

12 de septiembre 2016 , 07:59 p.m.

Colombia está a punto de redefinir su historia. Y el mundo está participando en la reconstrucción de los hechos.

En un extenso reportaje en The New York Times publicado el sábado, se revisa minuciosamente lo que ha sucedido con los jefes del paramilitarismo, no solo después del proceso de paz que se llevó a cabo con estos grupos durante la administración pasada, sino luego de la extradición de madrugada a Estados Unidos de aquellos 14 capos que fueron embarcados en un avión el 13 de mayo del 2008. La conclusión del informe es devastadora: ha habido farsa, desmemoria e impunidad en el empeño de aplicarles un castigo ejemplar a los responsables de un periodo muy oscuro en la historia del país.

Sugiere el diario que fue irresponsable enviar a esos comandantes, acusados de miles de crímenes horrendos. De cierto modo, el famoso sambenito de ‘los Extraditables’ en los años ochenta, aquel “preferimos una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos”, suena a chiste luego de las enormes rebajas de penas que han conseguido algunos de los cabecillas ‘paras’ por confesar sus crímenes relacionados con el narcotráfico. Para ellos, que sometieron a tantos –la Fiscalía colombiana habló de 677 mujeres violadas, 1.597 masacres, 3.527 secuestros, 3.557 menores reclutados, 34.467 desapariciones, 74.990 desplazados y 173.183 homicidios en apenas diez años–, sí que ha sido rentable colaborar allá.

Se centra el reportaje en la figura decadente de Hernán Giraldo Serna, alias Taladro, o Patrón, o el Señor de la Sierra. Pinta su pedofilia, su crueldad, su megalomanía de dueño de una tierra sin dios ni ley, para poner en evidencia que la gloria de estos asesinos fue el infierno de miles de víctimas. Cuenta la lucha de una familia que perdió todo por su culpa, incluido el valeroso padre, y que da una batalla para que en Estados Unidos se le dé a su verdugo una pena mucho más alta, que permita seguir desmontando una organización criminal que ha seguido funcionando con otros nombres y de otros modos.

Ocho años después de esa extradición de capos, sigue siendo una buena pregunta por qué, aparte de la incapacidad estatal de controlar sus crímenes desde prisión, no fue lo más importante que confesaran aquí sus delitos y sus conexiones, al igual que los encargos que les hicieron desde la clase dirigente. También es válida la inquietud de por qué el sistema de justicia norteamericano inclina la balanza con tanta ventaja para grandes criminales y narcos, mientras que para pequeñas mulas la sentencia es la que merecían los peces gordos.

No menos significativo es saber si las víctimas del paramilitarismo han conseguido cierto alivio, cierta sensación de cierre de su pesadilla. Se dirá que en el contexto del acuerdo de paz con las Farc, que esta misma semana ha dado escenas como el encuentro de los familiares de los diputados del Valle con los líderes guerrilleros, resulta clave aprender de los errores cometidos. Es otro acuerdo. Pero, en general, se debe buscar que las de las víctimas sean las voces más oídas.

Ello forma parte del propósito de hacer funcionar la justicia. Meta que, en este caso de los paramilitares, se quedó corta por causa de la absurda generosidad de los jueces estadounidenses.


editorial@eltiempo.com

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