Editorial: Una elección con mucho en juego

Editorial: Una elección con mucho en juego

Las instituciones tienen que restablecer la relación entre los representados y sus representantes.

05 de noviembre 2016 , 09:53 p.m.

Se habla por estos días de una “política de la posverdad”: una era en la cual aquellos que quieren el poder no solo no dejan nunca de estar en campaña, sino que repiten una y otra vez frases que a duras penas son ideas, aunque los medios de comunicación –y aun, a veces, la justicia– demuestren hasta la saciedad que los eslóganes no tienen asidero en la realidad. Se habla del triunfo del panfleto, de la propaganda, de la publicidad que tiene más relación con la ficción vendedora que con los hechos. Se menciona como el clímax de esta fase de la historia del mundo –y qué duda cabe– la actual campaña a la presidencia de los Estados Unidos.

A dos días del final de las votaciones, el candidato republicano, Donald Trump, un magnate pintoresco hecho en la era de las celebridades –una suerte de cruce entre el pornógrafo Hugh Hefner y el codicioso Gordon Gekko de la película ‘Wall Street’–, tiene verdaderas posibilidades de convertirse en el presidente número 45 del país más influyente del planeta. Su hoja de vida de multimillonario incluye el paso controversial por el despiadado universo de los bienes raíces, la explotación de su propio nombre como una marca encajada en las fachadas de los rascacielos y los casinos, y la conducción de un ‘reality’ sobre el mundo de los negocios. Pero este martes puede llegar a la silla que ocuparon George Washington, John Adams o Abraham Lincoln, porque los tiempos han cambiado, pero no en el sentido en que lo vaticinó alguna vez Bob Dylan.

Durante la presente campaña, una suma de propaganda sucia y ataques personales de una bajeza pocas veces vista en vivo y en directo ha sido la constante. Las afirmaciones temerarias del empresario han sido controvertidas, una por una, por los expertos en los medios y las academias. Así, se ha refutado el muro que promete construir en la frontera con México, se ha ridiculizado su visión de la economía, se ha puesto en evidencia el desdén con el que resolvería las complejas relaciones de Estados Unidos con medio planeta, y hasta se ha denunciado su desprecio por los derechos de las mujeres y las minorías. Sin embargo, en vez de caer en las encuestas, como previeron, con el deseo, los analistas, su popularidad no ha hecho más que crecer, y no sería una sorpresa que ganara el martes que viene.

Como los grandes populistas de derecha, genios de la palabra patriotera, de la manipulación de los pueblos, de la repetición de un par de sentencias pegajosas, Trump, a fuerza de repetir y repetir lo mismo, así su discurso no soporte el menor examen, ha conseguido que su ‘Hagamos a América grande otra vez’ sea lo único que le interese a la mitad de la enorme población de Estados Unidos. Al enarbolar la engañosa bandera de la antipolítica y encarnar, en últimas, la indignación, el hastío, la desconfianza que sienten millones y millones de ciudadanos hacia los políticos profesionales, el libre comercio o la globalización, desata fuerzas que pueden ser difíciles de contener.

A base de repetir las mismas muletillas, también ha logrado reducir a su oponente, la demócrata Hillary Clinton, a la síntesis, al símbolo de todos los líderes que han estado engañando, estafando, incumpliéndoles las promesas a los estadounidenses: muchos creen en la imagen de la codiciosa exsecretaria de Estado que se ha venido enriqueciendo a costa del pueblo y que una vez usó su cuenta personal de correo electrónico para discutir temas de vida o muerte de la seguridad nacional. La exsenadora, mucho más comprometida con un programa de gobierno, mucho menos dispuesta a convertirse en una caricatura que va prometiendo por ahí lo que sea que dé votos, ha tenido serias dificultades para establecer contacto con un electorado que por momentos parece cansado de las desilusiones de la democracia.

No es nada nueva esta “política de la posverdad”, que se ha dado de diferentes maneras a lo largo de la historia siempre que ha habido alguna revolución en las comunicaciones, desde la imprenta hasta las redes sociales, y los populistas han sabido usarla como hipnotizando, como librando a los ciudadanos de las responsabilidades y los deberes que les tocan. Sin embargo, que Estados Unidos haya llegado a esa misma situación, de la que suelen reponerse los pueblos luego de décadas de lucha, resulta sintomático: es la evidencia de que hoy, cuando un trino de Twitter o un estatus de Facebook pretenden sustituir a la justicia o echar por la borda prestigios ganados a pulso, las instituciones tienen por delante el difícil reto de restablecer la relación entre los representados y sus representantes.

Este martes 8 no solo es, pues, un día que confirmará o no al mundo en la incertidumbre, sino también una fecha que demostrará cuán avanzada se encuentra –y qué tanto regreso tiene– esta extraña época en la cual no se les pide a los políticos que digan la verdad, sino que se sepan sus líneas como actores atrapados en su papel.

editorial@eltiempo.com.co

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