Una advertencia excesiva

Una advertencia excesiva

Las palabras de Trump hablando de descertificación no se corresponden con la realidad.

17 de septiembre 2017 , 01:38 a.m.

Fue en la década de 1990 cuando el concepto de la certificación de Estados Unidos a los países, en la lucha antidrogas, estuvo en boca de todos. Para entonces, y como consecuencia del proceso 8.000, que dejó al descubierto un grado aterrador de penetración de la mafia en las instituciones, nuestra nación fue descertificada.

El camino recorrido después, que incluye el Plan Colombia, consolidó a nuestro país como el más firme aliado estadounidense en la región. En los años subsiguientes, el fantasma de este aval desapareció. Tanto que muchos colombianos se enteraron de que todavía existía al escuchar esta semana al presidente Donald Trump amenazando con recurrir a él de no disminuir pronto la cifra de hectáreas dedicadas a cultivos ilícitos. En Washington se comenta el asunto desde la premisa de que los intereses de ambos Estados son muy similares, hecho que hace de este un enfrentamiento en el cual nadie sale ganando.

También hay certeza respecto a que la situación de Colombia dista mucho de la observada en 1998 y de la que hoy presentan países descertificados como Venezuela. Eso sí, lo ocurrido vuelve a recordar el carácter cíclico de la maldición del narcotráfico, así como la obligatoria corresponsabilidad a la hora de encarar el problema. Una manera de enfrentarlo que debe cambiar, pero tal giro no se dará mientras la Casa Blanca lo siga considerando un asunto de seguridad y no de salud pública. Mientras tanto prima el realismo, que implica la obligación de controlar las variables involucradas en el negocio.

Aunque es innegable el aumento de 52 por ciento en el área cultivada en el 2016 –146.000 hectáreas– en comparación con el del 2015, que tanto preocupa al país del norte, también es cierto que la incautación de cocaína tuvo el año pasado un tope histórico, con 362 toneladas. Y es, además, una realidad que esta dinámica debe verse a la luz del proceso de paz, el cual contempla iniciativas de desarrollo alternativo tendientes a que, ahora sí, quienes dejan la coca como fuente de subsistencia encuentren el sustento en otras actividades agrícolas dentro de la legalidad.

En este marco, y en el de la erradicación forzada, para finales de este año se espera destruir 100.000 hectáreas de coca. Y, a diferencia de experiencias anteriores, con un nivel de resiembra como el que hoy se muestra, de menos del diez por ciento, según cifras oficiales. Vale un paréntesis para ser claros en que aquí está la clave para romper con el círculo vicioso: que a los anuncios y la puesta en marcha de las iniciativas de apoyo a cultivos legales los debe acompañar un seguimiento riguroso. La Organización de las Naciones Unidas formará parte de esta tarea, pero le compete al Gobierno hacer de esta su prioridad hasta el último día.

Tal es el contexto en el cual se inserta la afirmación de Trump, y por todo lo anterior puede calificarse de excesiva. Es probable, eso sí, que mucho tenga que ver con su temperamento y su modo de ver el mundo y cómo se relaciona con este. La buena noticia es que, al menos en el Congreso y los partidos Demócrata y Republicano, el país cuenta con gran apoyo. Prueba de ello es que tanto en la Cámara como en el Senado, ambos controlados por el partido del elefante, se aprobó ya un paquete de asistencia que representa un aumento de más del 20 por ciento comparado con los fondos del 2016 y contempla recursos importantes para ayudar con la implementación de los acuerdos de paz.

Pero la diplomacia no es lo que era antes, y Colombia deberá descifrar las nuevas reglas de juego. A Estados Unidos, es cierto, le corresponden un esfuerzo mayor en la interdicción de las drogas en su propia frontera y controles de la demanda. Colombia hace bien en recordar que ha pagado, y caro, por un flagelo que ha de ser asumido, insistimos, con corresponsabilidad.

Juega también en este escenario el asunto de la extradición, particularmente sensible para Washington, donde se quiere tener la certeza de que será un arma contra miembros de las Farc que cometan delitos posteriores a la firma de los acuerdos o no hayan tenido vínculo con el conflicto.

Se dice que el estilo de negociación de Trump suele incluir un golpe inicial y desconcertante a la mesa. También es probable que el equipo del nuevo mandatario esté pensando en enviar un mensaje de cara a las elecciones presidenciales del año entrante. De cualquier manera, sí es por lo menos triste que luego de casi dos décadas empujando en la misma dirección, las relaciones con Estados Unidos vuelvan a estar ‘narcotizadas’. Y, asimismo, que Washington esté regresando a estos métodos para imponer su agenda.

El presidente Juan Manuel Santos tiene la oportunidad de aprovechar su encuentro de mañana con Trump para aclarar el panorama y hacer valer el peso de Colombia en el contexto hemisférico. Sobre todo en lo que tiene que ver con Venezuela y Centroamérica. Y, en el mediano plazo, garantizar que la respuesta sea con acciones efectivas que disipen dudas en Estados Unidos y aquí construyan paz.

editorial@eltiempo.com.co

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