Un tabú que agoniza

Un tabú que agoniza

En el 2017 se trazó la raya que señala el límite entre el trato afable y el acoso sexual.

23 de diciembre 2017 , 12:02 a.m.

En tiempos de redes sociales, las etiquetas reemplazan las consignas de antaño. De la misma manera que un grito de batalla como ‘seamos realistas, pidamos lo imposible’ marcó toda una época hace ya cincuenta años, la etiqueta #MeToo está llamada a identificar para la posteridad estos tiempos, en los que buena parte de la humanidad hizo por fin la tarea de trazar la raya donde termina la afabilidad y comienza el acoso sexual en la interacción cotidiana.

Fue una investigación de The New York Times la que estableció el hito. En dicho trabajo periodístico quedó al descubierto la forma como el productor de Hollywood Harvey Weinstein incurrió sistemáticamente, por décadas, en tal conducta, y cómo hasta ese día logró, por amenazas, con dinero, de la peor manera en todo caso, silenciar a sus víctimas.

Dicha publicación fue la antesala de la mencionada etiqueta, la cual fue el sello de innumerables denuncias de mujeres y hombres que habían vivido –y como algo equivocadamente tachado de normal– la tragedia de tener que ceder ante las pretensiones sexuales de los acosadores a cambio de dádivas que solo ellos, desde sus posiciones de poder, podían garantizarles. Días después, los reflectores apuntaron a otra superestrella: Kevin Spacey, al punto de que la plataforma Netflix anunció en su momento que cancelaba la siguiente temporada de la exitosa serie House of Cards, protagonizada por Spacey.

Esta causa no es capricho, sino una tarea por años pendiente para construir sociedades legalmente igualitarias

Fue una cascada de testimonios que sacudieron no solo a los usuarios de las redes, sino a buena parte del mundo. Llevaron a que se avivaran las discusiones ya en curso acerca de qué tan enquistado está el machismo en nuestra cultura, qué tan presente está hasta en los más insospechados rincones. Estas generaron tanto sesudas y pertinentes reflexiones, que ya comienzan a dar paso a transformaciones, como, en ocasiones, señalamientos que recordaron la importancia de encauzar estos temas por los canales del Estado de derecho. Acción necesaria, sobre todo para que todos aquellos que tienen sustento, y cuyos culpables deben ser castigados, no corran el riesgo de perderse en un mar de acusaciones.

Hay que anotar que el escándalo alcanzó también la política estadounidense, y su episodio más sonado fue la renuncia del congresista demócrata John Conyers por este mismo motivo. Actitud que contrasta con la del propio presidente Donald Trump, quien también está en el ojo del huracán por causa de grotescos testimonios suyos que salieron a flote en la pasada campaña y produjeron una sombra que se hizo más densa cuando a comienzos de mes apoyó en forma abierta y desafiante, como es su estilo, al aspirante al Senado por el estado de Alabama, Roy Moore, sobre quien pesan múltiples acusaciones por esta misma conducta.

El reto es que la raya trazada no se borre. Pero, más que eso, se trata de entender que al tiempo con la sanción a los responsables hay que hallar la manera de que el bienvenido fin del machismo y el acoso como algo normal no generen revanchismos. Para ello se debe explicar que esta causa no es capricho, sino una tarea por años pendiente para construir sociedades realmente igualitarias.

editorial@eltiempo.com

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