Editorial: Un reto inaplazable

Editorial: Un reto inaplazable

El avance del Eln y las 'bacrim' en territorios dejados por las Farc es un campanazo de alerta.

06 de septiembre 2016 , 07:28 p.m.

Para nadie es un secreto que, aunque fundamental, el acuerdo con las Farc es solo el primer paso para empezar a construir el país en paz y con desarrollo y seguridad que merecen todos los colombianos.

Los que saben de construcción de paz dicen que casi tan complejo como llegar a un acuerdo es implementarlo. Y aun cuando ello se logre, también hay que defender la pacificación de esos sectores para los que el conflicto, la guerra, es el medio ideal para seguir lucrándose del narcotráfico, de la minería ilegal y del saqueo de lo público, que son males asociados a la falta de presencia del Estado en muchos territorios.

En este campo se encienden alarmas. El informe revelado este martes por este diario acerca del avance del Eln y las bandas criminales hacia las zonas de las que están saliendo las Farc es un campanazo por el nuevo riesgo que se cierne sobre la nación si no se toman a tiempo las medidas para frenar esa estrategia criminal.

Con la lección aprendida del surgimiento de las nuevas bandas en varias de las regiones donde se desmovilizaron los grupos paramilitares hace una década, ya las Fuerzas Militares y la Policía comenzaron a implementar sus estrategias; pero se trata, sin duda, de un asunto complejo y peligroso, que requiere de todos los esfuerzos y todos los recursos.

No en vano el fiscal Néstor Humberto Martínez advierte que los cultivos de coca, que se multiplicaron en el país y seguirán después de la desmovilización de las Farc, serán un poderoso incentivo para la llegada de otros actores criminales. En materia de seguridad –alertan los expertos– no hay vacío, y por eso el Estado debe copar de inmediato esos corredores de movilidad y las zonas que, para proceder a la concentración y el desarme definitivos, está dejando la guerrilla.

Desde hace meses –dicen habitantes de regiones como Nariño, Cauca, el Catatumbo y el bajo Cauca antioqueño, por mencionar algunas– se está produciendo una especie de reacomodamiento del delito que responde a la inminencia de la desmovilización. Incluso en algunas zonas en las que antes no se discutía que el poder ilegal eran las Farc, hoy, las extorsiones se hacen a nombre de otras ‘marcas’ del crimen. O, cuando no son aliados, se disputan a sangre y fuego el negocio del narcotráfico o las minas ilegales.

Este inquietante panorama, que era previsible, debe ser controlado por las fuerzas del orden. La paz, es claro, va mucho más allá del silencio de los fusiles.

Garantizar el único imperio de la ley en todo el territorio es una tarea fundamental que el Estado colombiano, en sus 200 años de historia, no ha podido terminar. El Gobierno lo sabe, y por eso este martes el presidente Santos señaló que la Fuerza Pública tiene un plan totalmente definido para “combatir a los grupos que pretendan llenar los vacíos que dejarán las Farc”.

Pero si algo muestra la historia es que en esta cuestión hay que atender todas las alarmas, para evitar que los pescadores en río revuelto terminen sacando provecho. En medio de todo están la población y, desde luego, el éxito de ese intento de pacificación nacional. Así que la tarea es ardua pero inaplazable.editorial@eltiempo.com

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