Editorial: Un récord agridulce

Editorial: Un récord agridulce

En 2016, Colombia ha incautado más cocaína que en cualquier otro año de la lucha antinarcóticos.

03 de noviembre 2016 , 07:57 p.m.

En los diez meses que van del 2016, Colombia ha incautado más cocaína que en cualquier otro año de la lucha antinarcóticos. La cifra, hasta ayer, marcaba las 308 toneladas, 55 más que en todo el 2015.

Las estadísticas muestran que en el país se incauta uno de cada tres kilos de la droga que todas las autoridades del mundo les quitan a los narcos y alejan de las calles. Y la plata que deja de ganar la mafia gracias a esa contundente actividad, que en Colombia encabezan la Policía y la Armada, es astronómica: la coca que no llegó a las calles de Estados Unidos y Europa les habría representado a los traficantes ganancias de al menos 18 billones de pesos.

No hay que llamarse a engaños. Golpear el narcotráfico en las partes más altas de su cadena criminal –incautación, captura de capos, destrucción de laboratorios y persecución de sus enormes fortunas– es mucho más efectivo que concentrar los recursos del país en perseguir a los cultivadores y a los pequeños distribuidores. En ello, como en todas y cada una de las facetas de esta lucha, Colombia es ejemplo mundial. Tras décadas de aprendizajes, nuestras instituciones han aprendido a combatir eficientemente a una mafia que se caracteriza por ir siempre un paso adelante. Por esos mayores y mejores esfuerzos, cada año vienen creciendo las cifras de incautación, que en una década llegan a casi 2.000 toneladas.

Ahora bien, detrás de este gran éxito hay una realidad perturbadora y, sin duda, desafiante: se descubren más cargamentos no solo porque el país es más eficiente, sino también porque se está produciendo cada vez más. Con la cifra de narcocultivos disparada –todo apunta a que el 2016 tendrá peores cifras que el 2015, cuando el sistema Simci, de Naciones Unidas, contabilizó casi 100.000 hectáreas–, la consecuencia lógica es que hay más pasta de coca y, finalmente, más alcaloide. A esto se suma que en varias regiones los narcos han perfeccionado sus métodos para sacar 6,8 kilos por hectárea; y hay regiones, como el Catatumbo, donde se superan las cuatro cosechas al año.

Por esto, también sin ambages, el país tiene que recuperar su capacidad de reducir las áreas sembradas con la hoja, que en los dos últimos años ha venido cayendo, de la mano de la decisión de suspender las aspersiones aéreas.

Por supuesto, una política de sustitución y desarrollo alternativo que, por primera vez, sea capaz de llevar progreso y opciones legales de vida es prioritaria. También, cosechar el resultado de los acuerdos con las Farc, el grupo armado ilegal que tradicionalmente ha protegido los narcocultivos y el cual se comprometió, si la paz sale adelante, a apartarse de esta senda. Pero el Estado debe tener dientes para enfrentar los casos en los que la sustitución voluntaria no sea posible. Por eso, como lo dijo el fiscal Néstor Humberto Martínez, es importante que el Gobierno no tire al mar la llave de las fumigaciones aéreas.

Está en juego el futuro del país, porque hace rato los narcos dejaron de pensar su negocio como algo solo de exportación. Hoy dejan aquí al menos el 20 por ciento de la producción de coca: son unas 80 toneladas destinadas a envenenar a decenas de miles de colombianos y a alimentar las redes de la violencia y la corrupción.


editorial@eltiempo.com

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