Un premio a la sensatez

Un premio a la sensatez

Pocos galardones tan urgentes y oportunos como el Nobel de la Paz a la Ican. 

14 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

El Premio Nobel de la Paz es, de cierto modo, un reconocimiento a la sensatez: a aquello de caer en la cuenta, justo a tiempo, de la vida, de la convivencia, de la humanidad. Pero pocos galardones tan urgentes como el Nobel de la Paz entregado el domingo pasado, en Oslo, a la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (Ican). Desde los trece días que tuvieron en suspenso al mundo durante la Guerra Fría, desde que ese sinuoso pulso a muerte entre las naciones dejó de ser el orden mundial, se había creado la ilusión de que las armas nucleares eran cosas de un pasado insensato, pero este año, que ha visto las veleidades del presidente de Corea del Norte y las respuestas en caliente de su par de Estados Unidos, hemos vuelto atrás.

Todo el planeta se hace de nuevo la pregunta escalofriante que se hacía la directora de la Ican –que agrupa a 500 ONG de decenas de países expertas en el tema–, Beatrice Fihn, durante la ceremonia de entrega del premio: “¿Será este el fin de las armas nucleares o será acaso nuestro propio fin?”. Escalofriante.

El Nobel de la Paz de este 2017 fue entregado en presencia de un puñado de sobrevivientes de los infames bombardeos del 6 y el 9 de agosto de 1945. Fue hace más de 72 años cuando los aviones de Estados Unidos dejaron caer aquellas dos bombas atómicas sobre Nagasaki e Hiroshima, pero, ahora que el norteamericano Donald Trump ordena maniobras militares porque el norcoreano Kim Jong-un se empeña en sus ensayos nucleares, habría que repetir que 220.000 seres humanos murieron durante las explosiones del 45 para hacerle eco al llamado de Fihn de “dejar de vivir en condiciones en las que nuestra destrucción solo dependa de que alguien pierda la cabeza”.

Este es un reconocimiento al clamor de 500 ONG, y del mundo, para que no se baje la guardia en el control de armas de destrucción masiva.

Este Nobel es, una vez más, una plegaria por un mundo que recobre más temprano que tarde el sentido común y no desfallezca en el esfuerzo de tener a raya la violencia. Según reconoció Berti Reiss-Andersen, la presidenta del comité que entrega el Nobel, “el mensaje de Ican es que el mundo nunca será seguro mientras tengamos armas nucleares”. Un mundo que no podrá dormir tranquilo. Que haya menos ojivas que en tiempos de la Guerra Fría, 15.000 ‘apenas’, no es todavía una buena noticia. Que el futuro del pacto que con tanto esfuerzo alcanzaron las principales potencias del mundo con Irán para frenar su desarrollo de armas nucleares dependa hoy exclusivamente de Donald Trump es causa de lógica ansiedad.

Para volver a la cordura debería bastar la fotografía en la cual también se ve recibiendo el premio a aquella mujer de 85 años, Satsuko Thurlow, que cuando solo tenía 13 sobrevivió de milagro al estallido de Hiro-shima y a las imágenes dantescas e imborrables que, sin embargo, la han acompañado desde la juventud hasta la vejez: “Las armas nucleares no son un mal necesario –dijo–: son el mal absoluto”.

Y quizás sus palabras no lleguen de una vez a los oídos de los hombres que tienen los controles remotos en las manos, pero pueden darle fuerza a este movimiento antinuclear, a esta campaña contra las bombas devastadoras que no puede ya bajar la guardia.

editorial@eltiempo.com

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