Editorial: Un conflicto absurdo

Editorial: Un conflicto absurdo

Tanto el parque como el colegio deberían considerarse lugares a proteger de cualquier amenaza.

08 de febrero 2017 , 08:24 p.m.

Las sociedades se construyen sobre pilares de respeto y convivencia. Y si queremos que estas perduren, han de garantizarse condiciones de igualdad, equidad, oportunidad, acceso a la cultura y bienestar a todos los que las conforman. Para darle una oportunidad a la construcción de esa sociedad justa y tolerante, que es lo que el país reclama, tenemos que comenzar por garantizar los espacios necesarios que faciliten dicho anhelo.

Sin embargo, bien sea por prevención, falsos mitos que esas mismas sociedades ayudan a construir, desavenencias políticas o desinformación, lo cierto es que todas ellas parecen haber hecho causa común para que a un puñado de niños se les niegue el elemental derecho a gozar de lugares dignos para su educación y desarrollo.

Nos referimos en particular al conflicto absurdo que tiene lugar en Bogotá dada la intención de la Alcaldía de construir dos colegios en espacios que vecinos reclaman como zonas verdes y que, por esto, no pueden ser destinados a planteles educativos, aunque los terrenos son del Distrito.

El colegio Cafam Puerta del Sol y otro que será ubicado en el barrio Mirandela están envueltos en un lío jurídico porque la gente prefiere que allí se consoliden parques y no escuelas. Si se trata de un simple trámite administrativo sobre la vocación real de los terrenos, la solución no tendría mayores dificultades. Pero si, por el contrario, lo que se anida en el fondo es una especie de animadversión a que los menores puedan tener allí su colegio porque ello genera otro tipo de malestares, estaríamos entonces frente a un problema de intolerancia social.

Tanto el parque como el colegio constituyen elementos indispensables en la formación de niños y jóvenes. Por tanto, deberían ser considerados lugares por proteger y defender de cualquier amenaza que atente contra los muchachos y contra los mismos vecinos. Pero insinuar que tales lugares son un ‘estorbo’ para la comunidad, francamente sí envía preocupantes señales de rechazo hacia una población indefensa y hacia una ciudad que no soporta más indiferencias.

editorial@eltiempo.com

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