Un buen ejemplo

Un buen ejemplo

La cárcel Distrital es la primera de Suramérica en recibir la acreditación internacional de la ACA.

10 de julio 2018 , 12:00 a.m.

Suele pensarse en una prisión como en un callejón sin salida, como en un infierno: el lugar en el que no se recobra, sino que se pierde para siempre la humanidad. La cárcel Distrital acaba de convertirse en la primera de Suramérica en recibir la acreditación internacional de la Asociación Americana de Correccionales (ACA), en cambio, porque los reclusos suelen tener una rutina, una vida. Cumplen con un horario que empieza a las cinco de la mañana y termina a las nueve de la noche, pero, como no se trata de anular una persona, sino de conducirla a la resocialización, pueden tomar una serie de talleres y leer y ver televisión y llamar a sus familias. Y lo hacen en un lugar limpio, sin hacinamientos, con acceso a los servicios de salud y asesorías jurídicas.

La cárcel Distrital es, por supuesto, una cárcel. Allí están privados de la libertad, desde 1934, ciudadanos que han cometido delitos. Y, sin embargo, a partir de 1999 ha sido vista por la Administración de Bogotá como un lugar para prevenir los futuros delitos, para devolverles el trato humano a quienes lo perdieron de vista, para ayudarles a las personas a que vuelvan a pensar en sus futuros. Allí nunca hay sobrecupo. Allí ningún prisionero nuevo ingresa si no están funcionando los baños que deben funcionar o no hay alimentación suficiente o no hay cobijas para todas las personas.

Quizás el mejor ejemplo de lo que busca la cárcel sea su biblioteca de 7.300 volúmenes. Fue renovada en una bodega, por seis reclusos que fueron formados como bibliotecarios, con el apoyo de la dirección de la cárcel, de la Secretaría de Seguridad, de la Secretaría de Cultura y de la red de bibliotecas públicas BibloRed. Y fue una demostración de que en ese lugar es posible ocupar el tiempo, leer, escribir, contar historias. Y, como es sabido, contar historias es una buena manera de articular lo que se ha estado viviendo, de recuperar la tranquilidad perdida, de emprender una terapia que, en últimas, es el sentido de una cárcel.

editorial@eltiempo.com

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