Tragedia tras tragedia

Tragedia tras tragedia

Es urgente la solidaridad con Haití. Abruma la destrucción que ha causado el huracán en el país.

11 de octubre 2016 , 07:27 p.m.

Se ha hablado de la violencia del huracán Matthew en los últimos días, que ha ido por el Caribe hasta las costas de Estados Unidos derrumbando el mundo a su paso, con la precisión y el estremecimiento con el que suelen contarse las tragedias naturales.

Últimamente, con el paso de las notas de prensa y los informes de televisión, la noticia no ha sido tanto la lucha de las naciones más fuertes con un accidente natural que nos recuerda que apenas somos humanos, sino, tristemente, el terrible desamparo y la abrumadora destrucción que ha causado el huracán en Haití. Ya se hablaba de mil muertos, de brotes de cólera en el arruinado suroeste del país, de cuerpos sin nombre lanzados sobre pilas de otros cuerpos en fosas comunes antes de que se descompongan. Una tragedia estremecedora.

Matthew, el peor de los huracanes categoría 4 de los últimos tiempos, no solo ha recordado la indefensión humana: ha puesto los ojos, una vez más, sobre esa nación que a menudo llega a las noticias por las peores tragedias ambientales, el país más pobre y más abandonado a su suerte en todas las Américas.

No es fácil encontrarle salida a semejante devastación cuando se ven las imágenes de miles de casas hundidas entre el barro y el agua, y cuando se es testigo de los caminos y de los puentes que se han destruido por las tormentas, pero si sus benefactores norteamericanos se pusieran en manos de los haitianos podría pensarse en una recuperación de esa nación, que desde su independencia de los franceses –en 1804– ha estado luchando en vano para conformar una democracia de ciudadanos libres.

Es urgente la solidaridad con Haití. Allí, los niños mueren de cólera y millares de ciudadanos se ven obligados a dejar su casa. Resulta increíble que el mundo entero, encabezado por los líderes estadounidenses que han querido ayudar pero han caído en serios conflictos de intereses, no se encuentre dedicado día y noche a pensar en la reconstrucción de un Estado que –acostumbrado a los desmanes de sus dirigentes– suele venirse abajo cuando vuelve la tormenta.editorial@eltiempo.com

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