Editorial: Recetas peligrosas

Editorial: Recetas peligrosas

Las sobredosis de opiáceos se están constituyendo en una vía de adicción muchas veces mortal.

16 de septiembre 2016 , 07:59 p.m.

Cada 19 minutos un ciudadano estadounidense muere por sobredosis de opiáceos, incluidos medicamentos recetados para el dolor.

Cuesta creer que cuando el mundo está empeñado en combatir de frente el narcotráfico y el abuso de drogas, en nombre de la salud pública, aparezca semejante indicador en un país desarrollado y a raíz de las recetas médicas y del mal uso de medicamentos.

La adicción a estos fármacos es la primera causa de muerte accidental en Estados Unidos, a tal punto que entre el 2013 y el 2014, de acuerdo con datos oficiales, alcanzó el 14 por ciento.

Para encontrar las raíces de este fenómeno creciente, es necesario remontarse también a la cada vez más extendida indicación de estos productos –derivados de la morfina o con una estructura similar a ella– para el control del dolor, que hasta hace menos de dos décadas estaban restringidos solo para los más intensos.

Solo en el 2012, los médicos formularon en ese país 259 millones de recetas de analgésicos de esta clase, lo que equivale a un frasco de píldoras para cada adulto estadounidense.

Sin entrar en detalles sobre estas drogas, algunas sociedades científicas han comprobado que las recetas de varias de ellas, principalmente dos de las más recientes, se han cuadruplicado desde 1999, al punto de que el año pasado alcanzaron cifras históricas.

No se trata, de ningún modo, de cuestionar el uso de estas sustancias, esencialmente porque para pacientes afectados por dolores insufribles como los causados por el cáncer o disfunciones del sistema nervioso, e incluso en los mismos posoperatorios, a menudo constituyen la única herramienta eficaz. Sin embargo, también se ha visto que muchos médicos echan mano de ellas para combatir síntomas no tan severos, aun cuando para eso existen muchas más opciones.

En el fondo del asunto están la facilidad con que hoy pueden recetarse estos fármacos y su dispensación, sumadas a la presión de los propios pacientes (en quienes generan dependencia) y a la publicidad que los productores hacen de ellos entre el cuerpo médico.

Colombia no es, infortunadamente, la excepción. Si bien algunas sociedades científicas instruyen a sus asociados para el uso responsable de tales productos, hay evidencia de que este empieza a crecer.

Es hora de que el cuerpo médico entienda que incluso cuando dichos medicamentos son necesarios, también pueden reducirse al mínimo los riesgos de dependencia y adicción si se pliegan de manera estricta a las precauciones que existen para tal efecto.

Hay que entender que la claridad sobre las dosis, los tiempos de administración e incluso las restricciones para la dispensación no son una barrera de acceso, sino que, en manos de los médicos, deben convertirse en una garantía para salvaguardar el bienestar de sus pacientes.

Aquí no hay discusión: si bien a sustancias lícitas como estas –así como a las ilícitas– se accede a través del mercado negro, los profesionales de la salud y la gente deben ser conscientes de que muchos de estos abusos realmente empiezan y se cultivan en las propias casas. El control comienza, entonces, en los mismos consultorios, y eso es parte de los preceptos de autorregulación con los que los galenos vienen comprometiéndose desde hace un tiempo.

editorial@eltiempo.com

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