Editorial: ¿Qué pasa en Tumaco?

Editorial: ¿Qué pasa en Tumaco?

El Estado debe demostrar que puede consolidarse en aquellas zonas en las que predominaban las Farc.

03 de enero 2017 , 07:31 p.m.

En el marco de las fiestas decembrinas, no puede pasar en el olvido una región que vive una situación de otro color. El país le sigue dando la espalda a Tumaco. Mientras en muchos lugares sus habitantes comienzan a sentir el alivio del cese de la actividad ilegal de las Farc, mientras las estadísticas del Hospital Militar muestran una importante disminución en la cantidad de miembros de la Fuerza Pública atendidos, y mientras en el Congreso se sientan los pilares legales del posconflicto, en el puerto nariñense la violencia sigue presente.

Algunos habitantes afirman, con esa resignación con traje de cinismo, última defensa que queda frente a la desolación total, que en tanto estuvieron activas las Farc, las acciones delincuenciales se redujeron a sus justas proporciones. Y lamentan que su retirada con motivo del proceso de paz no marcó la llegada del Estado, pues, desgraciadamente, no corresponde aquí hablar de regreso, sino la de nuevas bandas criminales, incluido el Eln, que hoy libran una cruenta disputa por el control territorial. Guerra que tiene como apetecido botín las rutas para el envío de droga y las rentas de la extorsión, de la que nadie se salva.

El diagnóstico no es un misterio: mafias que buscan apoderarse de fuentes de ingresos provenientes de economías ilegales, en un contexto en el que ‘desconfianza’ y ‘ausencia’ son los calificativos más ajustados para referirse al papel del Estado en todo este drama. Y por más que los esfuerzos de valientes y corajudos miembros de la Fuerza Pública se traduzcan en logros como las recientes incautaciones de droga, esto no logra sanar el daño que, en términos de la pérdida de confianza de la gente hacia las instituciones, produce la cercanía de algunas manzanas podridas con dichas bandas. Ni hablar de lo corrosiva que resulta la corrupción o la ineficiencia: la misma que lleva a que los médicos del hospital tengan varios meses sin recibir salario.

Si quedan dudas de lo crítico del panorama, ahí están las cifras: 132 homicidios al finalizar el año –menos que en el 2015, pero no por ello es menos aterrador el dato–; 16.990 hectáreas sembradas de coca, 18 por ciento más que el año pasado, según denunció en este diario el padre Arnulfo Mira, vicario de la diócesis local. “Algo está pasando aquí”, sentenció en días pasados con motivo también de la explosión de una granada en un bar, hecho que dejó dos muertos y 23 heridos.

Es un deber moral del Estado responder esa pregunta. Pero se trata apenas del primer paso. Y parte de la zozobra de los tumaqueños nace de ni siquiera saber de dónde vienen las balas, las amenazas. Luego es imperativo que este municipio se ubique a la cabeza de las listas de prioridades, llegado el momento de llevar a los hechos todo lo firmado con las Farc, para garantizar, con desarrollo y oportunidades reales para los menos favorecidos, que la paz sea estable y duradera.

Lo que hoy ocurre en Tumaco debe ser motivo de una respuesta urgente y contundente del Estado. Por el bienestar de su gente, por supuesto, pero además porque es la oportunidad de sentar un precedente: el que resultará de demostrar que las instituciones están en capacidad de responderles a los miles de colombianos que vivían en zonas en las que predominaban las Farc. En otras palabras, de que la paz es viable.


editorial@eltiempo.com

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