Qué hacer con el pasado

Qué hacer con el pasado

Es hora de que la memoria del país deje de estar en las manos de quienes quisieron destruirlo.

20 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

Tiene razón el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, en apoyar la idea de demoler el edificio Mónaco, en el barrio de El Poblado, para convertirlo en un parque que sea un homenaje a las víctimas del narcoterrorismo.

No puede ser que se siga celebrando el horror como contando la Historia desde el punto de vista de los victimarios. No tiene pies ni cabeza, sino en una sociedad que no se está pensando a sí misma lo suficiente, que ciertas personas sigan viviendo de la muerte, de la intimidación, de la barbarie, que es el legado de los carteles de los años ochenta.

Valga recordar que las series de televisión sobre los narcos no cesan. Los llamados ‘narcotours’, que llevan a los turistas a los lugares en donde operó la mafia de Pablo Escobar –la hacienda donde se recluía, la casa en la que fue abaleado, la tumba del capo–, siguen explotando el morbo de los desinformados y celebrando la figura del gánster que quiso doblegar al Estado colombiano para no ser extraditado, y que causó tanto dolor a los colombianos. Es hora de que la memoria del país deje de estar en las manos de quienes quisieron destruirlo. Y hora de que los sicarios, por ejemplo, no sigan ganándose la vida gracias a los crímenes que cometieron.

No se trata de negar, ni de falsear ni de olvidar a la fuerza lo que pasó. Se trata de poner en su lugar a los hombres que asesinaron, secuestraron e intimidaron a la sociedad para tomárselo toda

No solo en Colombia se ha dado la discusión sobre cómo debe ser conmemorado el horror del pasado, sobre cómo deben ser recordados los hampones y los sociópatas que marcaron la Historia sin revestirlos de gloria. En Alemania se ha hecho lo posible para que no se dé el llamado ‘turismo nazi’, que acaba rememorando el pasado hitleriano con fascinación, sino que se protejan los lugares en donde sucedió lo peor de la Segunda Guerra Mundial para que conmemoren la historia de las víctimas.

No se trata de negar, ni de falsear ni de olvidar a la fuerza lo que pasó. Se trata de poner en su lugar a los hombres que asesinaron, secuestraron e intimidaron a la sociedad para tomárselo toda. Se trata de evitar que el narcoterrorismo deje de ser contado desde los narcos –el error imperdonable, por ejemplo, de muchas de las series de televisión que se han hecho sobre el tema– para que sea recordado como un fenómeno que se dio en la sociedad, pero que se llevó por delante a cientos de miles de inocentes: “el tributo debe ser a las víctimas”, dijo el Alcalde el lunes pasado.

La idea es crear un espacio dentro del Museo Casa de la Memoria del Parque Bicentenario, contar de verdad la historia que se ha estado contando a medias –como una balada sobre bandoleros del lejano Oeste–, pero llamando a los asesinos por su nombre y sin ofender a las personas que perdieron a sus familiares, a sus compañeros, a sus amigos. Tiene que ser claro para la sociedad entera que un exsicario, aunque haya cumplido su pena, no puede seguir viviendo de haber sido sicario, ni puede seguir siendo una amenaza para el orden público, ni puede seguir transmitiendo la idea de que la vida criminal es épica.

Hace bien el alcalde Gutiérrez defendiendo el relato de cómo la institucionalidad libró una valiente guerra para impedir que el cartel de las drogas arrasara con la ciudad de Medellín. Es lo mínimo respaldar esta nueva muestra de coraje.


editorial@eltiempo.com

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