Por qué cuidar los cantos

Por qué cuidar los cantos

Los cantos de trabajo del llano colombovenezolano ahora son patrimonio cultural inmaterial mundial.

08 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Es una noticia agridulce la de la inclusión de los cantos de trabajo del llano colombovenezolano en la lista de patrimonio cultural inmaterial mundial. La felicidad es a medias porque entran con medida de salvaguarda urgente, como ya ocurrió hace dos años con el vallenato tradicional. Es decir que es alto el riesgo de que en un futuro próximo desaparezcan. Es positivo, claro, que se le dé a esta expresión cultural un estatus que, por supuesto, merece. Es de resaltar también que se trate de un logro fruto de un trabajo conjunto entre Colombia y Venezuela.

Y hay que recalcar lo importante que es para cualquier grupo humano contar con manifestaciones de este tipo. Ellas dan sentido a quienes lo conforman: logran, de una manera amable, recordar de dónde viene un pueblo y por qué su presencia en la Tierra tiene sentido. Nada menos. Esa es una de las funciones que cumplen las cuatro variantes de estos cantos: los de ordeño, los de cabrestero, los de vela y los de domesticación, que a capela se interpretan en los distintos espacios en los que los cuidadores del ganado desempeñan su labor.

l desafío es lograr que el bagaje cultural de una comunidad se adapte y se renueve a la par con los cambios que experimenta.

El trabajo para preservarlas ya acumula varios años y no puede estar sujeto a los cambios de gobierno. Este es un tema que, a su manera, debe ser política de Estado. En el caso del vallenato, las noticias no son las esperadas; los gestores del plan de salvaguarda advirtieron el miércoles que no han tenido la respuesta ni el apoyo que anhelan del Estado para cumplir con su tarea.

Las razones de todas estas alarmas tienen que ver con cambios culturales y económicos que son inevitables en cualquier civilización. El desafío es lograr que el bagaje cultural de una comunidad se adapte y se renueve a la par con los cambios que experimenta. Y, ante todo, evitar el gravísimo error de desechar el legado de los abuelos con el solo argumento de que es viejo y pasado de moda. Como ha ocurrido.

editorial@eltiempo.com

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