Piques temerarios

Piques temerarios

¿Cómo es posible que estos sujetos puedan bloquear por horas una vía para tal fin?

17 de julio 2018 , 12:00 a.m.

Resulta apenas comprensible la advertencia de un grupo de ciudadanos que, cansados de la ejecución constante de los mal llamados piques de carros en una de las vías más importantes de Bogotá, estén pensando en adelantar un plantón para que se les respete su derecho a la seguridad y la tranquilidad.

No se trata de un reclamo ocasional. Desde hace muchos años, tanto la capital del país como otras ciudades viven la pesadilla de estas prácticas ilegales y peligrosas que ya han dejado personas heridas, en condición de discapacidad o que han perdido la vida, registradas en este mismo medio.

Pero nada de eso ha servido para que quienes alientan carreras desenfrenadas –con vehículos o motocicletas modificados–, en las que muchas veces se mezcla alcohol con adrenalina, se abstengan de su realización. Al final se impone la voluntad de unos pocos ante la impotencia de vecinos que pagan impuestos con tal de vivir en un entorno en paz.

¿Cómo es posible que estos sujetos puedan bloquear por horas una vía para tal fin? ¿Y que ninguna autoridad del Distrito se apersone de este asunto? ¿Es falta de pie de fuerza, de normas o de coraje institucional? Porque lo único claro es que muchos saben bien cuáles son las zonas escogidas por estos emuladores de Rápidos y furiosos, los horarios y las rutas de escape seleccionadas, menos las autoridades.

Nada ha servido para que quienes alientan carreras desenfrenadas –con vehículos o motocicletas modificados–, en las que muchas veces se mezcla alcohol con adrenalina, se abstengan de su realización.

De tiempo atrás se ha discutido sobre un escenario apto para la práctica de los piques. Y siempre se ha sugerido el autódromo como el lugar autorizado para ello. En efecto, los más responsables hacen uso de él. Pero, obviamente, esto no gusta a quienes prefieren arriesgar la vida de otros y la propia con tal de desafiar la ley a través de una práctica clandestina y temeraria que en nada beneficia a sus protagonistas, pero que sí tiene con los nervios de punta a aquellos que, por no hallar respuesta, ahora se ven abocados a acudir a las vías de hecho.

editorial@eltiempo.com

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