Pensar en el trabajo

Pensar en el trabajo

El festivo de hoy es una razón para reflexionar sobre los desafíos que trae el futuro.

01 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

Ha pasado mucha agua bajo los puentes desde aquel primero de mayo de 1914, cuando un puñado de artesanos en Bogotá realizó una manifestación sin el permiso de las autoridades de la época, con el fin de celebrar el día internacional del trabajo. Los entonces afiliados a la Unión Obrera deseaban sumarse a una efeméride definida por la Segunda Internacional Socialista en 1889, una costumbre que se demoró algunos años en tomar fuerza localmente, hasta cuando se volvió norma y la ley la definió como feriado.

Debido a ello, la mayoría de los colombianos aprovechan la jornada para descansar, aunque las centrales obreras y otras organizaciones hacen manifestaciones en varias de las capitales del país. Usualmente, las intervenciones de los dirigentes se concentran en defender el derecho de asociación y exigir empleos de calidad para la población, sin que falten las críticas al sistema capitalista o a la inversión extranjera.

No obstante, la ocasión debería servir para reflexionar tanto sobre la coyuntura como con respecto a los desafíos en el mediano y largo plazo. Es indudable que el cambio tecnológico y el advenimiento de la cuarta revolución industrial plantean interrogantes con respecto a ocupaciones que antes parecían seguras y cuya vigencia ahora se ve amenazada por la robótica, los algoritmos o la impresión en tres dimensiones.

La revolución tecnológica apunta a hacer irrelevantes muchos empleos que antes se consideraban como garantía de seguridad.

En lo que atañe a la fotografía actual, el panorama es aceptable, dadas las condiciones de una economía cuyo ritmo se ha desacelerado notoriamente. La semana pasada, el Dane reportó que el desempleo a nivel nacional se redujo en marzo, ubicándose en 9,4 por ciento, tres décimas menos que en igual periodo de 2017. Tal vez lo más destacable es que en las 13 ciudades principales se crearon 185.000 nuevas plazas, con lo cual se contrarresta el mal arranque del calendario.

El parte entregado no esconde varias luces de alerta. Una es la compleja situación de Cúcuta –donde la desocupación se acercó al 20 por ciento en el primer trimestre–, como consecuencia de la masiva llegada de refugiados venezolanos. Otra es el deterioro de los indicadores laborales en las cuatro capitales más grandes, siendo llamativos los casos de Cali y Medellín. Aun así, los expertos señalan que las cosas podrían haber sido peores, dadas las dificultades experimentadas por ramos intensivos en mano de obra, como construcción, comercio e industria.

Evitar un deterioro en este campo debe ser un objetivo primordial tanto para la administración saliente, como para la que llega. Aunque la ciudadanía no decide aún el nombre del próximo presidente, no se necesita tener una bola de cristal para pronosticar que el empleo seguirá encabezando las preocupaciones de la opinión, sobre todo en un país con elevadas tasas de informalidad y bajísima cobertura pensional.

La razón es que la gente no solo sabe lo difícil que es conseguir y mantener un trabajo digno, sino que mira con aprehensión el porvenir. Prepararse para transformaciones que más que deseables son inevitables, es obligatorio y exige planes y programas de capacitación y entrenamiento que, en nuestro caso, todavía brillan por su ausencia.

editorial@eltiempo.com

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