Ortega contra su gente

Ortega contra su gente

El estado de sublevación popular en Nicaragua ha cobrado la vida de unas 130 personas.

11 de junio 2018 , 11:04 p.m.

El de regímenes alguna vez democráticos, pero que con el tiempo hicieron el tránsito a feroces dictaduras y que se empeñan en aferrarse al poder parece ser, por desgracia, un rasgo de estos tiempos en varios países.

Las letras anteriores obligan a pensar inmediatamente en Venezuela, pero hay otras naciones que parecen encaminadas por esta triste senda: la Nicaragua de Daniel Ortega, por ejemplo, que vive días de violencia y zozobra.

La deriva autoritaria de esta nación centroamericana no es nueva. Distintas reformas de la Constitución permitieron que Ortega y su muy polémica esposa, Rosario Murillo, se apoderaran –secuestraran puede ser más exacto– de las diferentes ramas del poder con el fin de perpetuarse en él. Para ello tuvieron un aliado excepcional: los gremios de la producción, que gozaron de todo tipo de prebendas a cambio de mirar para otro lado con cada nuevo paso hacia la dictadura del exguerrillero sandinista.

Pero tal estado de cosas iba, poco a poco, agotando la paciencia de la gente. La gota que derramó la copa fue una reforma de la seguridad social, que cambió las reglas de las pensiones y dio pie a multitudinarias protestas que el régimen repelió a sangre y fuego. Un estado de sublevación popular que se prolonga hasta hoy, que ya pronto completará 60 días y cuyo saldo fatal ronda los 130 nicaragüenses asesinados, ya sea por la policía o por grupos armados paramilitares al servicio del Gobierno.

Daniel Ortega se encuentra atrincherado, desesperado, pero sin mostrar señales de querer negociar su salida pacífica del poder

Hoy, Ortega se halla en un callejón sin salida; la orden que dio de levantar barricadas en calles aledañas a su residencia es la materialización de su situación. Se encuentra, literalmente, atrincherado, desesperado y arrinconado, pero sin mostrar señales de querer negociar su salida pacífica del poder. El diálogo que buscaba este objetivo y que fue promovido por la Iglesia católica fue suspendido ante un nuevo baño de sangre la semana pasada.

Y es que el mandatario perdió ya el respaldo de los empresarios –a quienes la ciudadanía una y otra vez les pregunta por qué tardaron tanto–, al tiempo que las valerosas protestas del pueblo, que ha optado por bloquear las principales carreteras, amenazan con ponerle freno de mano a una economía que presentaba un semblante aceptable hasta hace unos meses. Las pérdidas hasta el momento se calculan en 600 millones de dólares.

La situación de orden público es muy delicada. El terror invade las calles de los centros urbanos del país: a partir de las seis de la tarde se corre el riesgo de ser blanco de un escuadrón de la muerte, con plena anuencia oficial. Es paradójico, pero una realidad alentadora de los tiempos que corren puede ser el motivo que lleva a los tiranos a resistir hasta el final, sin importar que se conviertan en auténticos verdugos de su propia gente: la certeza de que difícilmente encontrarán refugio seguro una vez abandonen el poder.

Hace unas décadas era posible ofrecer una salida segura para ellos a cambio de que soltaran las riendas. Hoy, esto es menos factible: saben, en su fuero más íntimo, que tarde o temprano tendrán que responder por su barbarie. Lo urgente es que haya una solución para que no siga muriendo la gente.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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