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No jugarle sucio a Bogotá

Domingo 11 de diciembre de 2016
Editorial

No jugarle sucio a Bogotá

La evasión soterrada de impuestos es ir en contra del progreso de la capital colombiana.

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Como dicen por ahí, el “palo no está para cucharas”. Mucho menos en materia de finanzas públicas. Muestra de ello son los anuncios de la Alcaldía de Bogotá en procura de hallar recursos para las obras que demanda el plan de gobierno. Que puede ser cuestionable o no; demasiado ambicioso o, por el contrario, quedarse corto ante el atraso que presenta la capital en diversos frentes.

Lo cierto es que los recursos son cada vez más escasos y que por tanto hay que proteger cada peso que generen las arcas distritales, y esto incluye los que provienen del pago de tributos.

Por eso duele hacerle trampa a la ciudad. Evadir impuestos, persistir en moras o, como se denunció recientemente, ‘maquillar’ el impuesto predial para reducir el pago de las obligaciones es ir en contra de su progreso y el de su gente.

Las cargas que se pagan por industria y comercio, predial y vehículos, principalmente, constituyen el soporte fundamental para que Bogotá pueda mantener su funcionamiento. Reducir esos ingresos por causas exógenas no es una buena señal. Mucho menos cuando Bogotá se ha caracterizado por una cultura tributaria admirada en distintos escenarios.

La evasión soterrada ya le cuesta a la capital cerca de un billón de pesos al año; por morosidad es imposible recuperar otro billón que se perdió, porque las deudas prescribieron, y ahora resulta que las trampas que 21.000 contribuyentes le vienen haciendo al sistema, aprovechándose del esquema de simplificación tributaria, habrían significado una evasión de 50.000 millones de pesos. Sin contar con lo que, según Impuestos Distritales, se estaría evadiendo por capitales que se declaran en municipios vecinos.

Con estos millonarios recursos se podrían sacar adelante muchas obras para el bienestar de los ciudadanos. No hay razón para jugarle sucio a Bogotá. Ya se vivió la experiencia del ‘carrusel’ de contratos, y el costo que se pagó en términos de confianza en sus administraciones ha sido alto. Las autoridades no pueden dar tregua a esta sofisticada forma de esquilmar los dineros que son de todos.


editorial@eltiempo.com

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