Editorial: Nacionalismo en el horizonte

Editorial: Nacionalismo en el horizonte

Las palabras de Trump reafirmaron que su gobierno será en clave de un patriotismo inédito.

20 de enero 2017 , 08:08 p.m.

Desde el mediodía del 20 de enero, Donald J. Trump es el presidente número 45 de los Estados Unidos. Su discurso de posesión fue un resumen de los encendidos alegatos que elevó en los dieciocho meses que duró la campaña presidencial: la promesa de unos Estados Unidos que “serán grandes de nuevo”, que sus críticos han relacionado con el populismo, dejando atrás los años en los que –según él– Washington prefirió enriquecer a ciertos países extranjeros que mejorarles las vidas a los trabajadores norteamericanos; así mismo, los tiempos en los que un pequeño establecimiento hizo lo que quiso, sin poner por encima los intereses de todos los ciudadanos estadounidenses.

No llegó nunca en la alocución ese mensaje conciliador, de estadista consciente del valor de sus palabras, que tantos esperaban, pero sí un llamado necesario a la superación de los prejuicios, una declaración a favor de la unidad de la nación y un agradecimiento al expresidente Barack Obama por honrar de manera especial la tradición democrática de una pacífica cesión del poder. A su manera, sin caer en los modos de los políticos que ha criticado con vehemencia, Trump quiso enaltecer la idea de la igualdad entre los estadounidenses: a todos los niños que nazcan en territorio norteamericano, dijo, los cobija el mismo cielo. Sin embargo, fueron mucho más satisfactorios sus actos que sus palabras.

Si el discurso más importante de su carrera repitió el tono antiestablecimiento, antipolítico, de su campaña, que incluyó dardos a la clase política y a Washington como su ambiente natural; si sus palabras luego de su juramento insistieron en la idea de un patriotismo que ponga los intereses de los Estados Unidos por encima de los intereses de los demás lugares del mundo, su comportamiento fue, en cambio, mucho más apegado a las formas. Podría decirse que de cierto modo estuvo a la altura de la conducta ejemplar de los expresidentes presentes en los actos a pesar de haberse opuesto explícitamente a las aspiraciones del nuevo mandatario.

Cuando le preguntaron a la excandidata Hillary Clinton por qué había decidido asistir a la asunción, después de sufrir una de las campañas más violentas de la historia, respondió: “Estoy aquí para honrar la democracia”. La presencia de los expresidentes Jimmy Carter, Bill Clinton y George W. Bush confirmó la idea de una democracia que se sobrepone a las diferencias para defender sus logros. Y la gallarda actitud de Obama hasta el último momento, mientras Trump lo despedía amablemente en el helicóptero presidencial, fue una invitación a seguir adelante en paz.

Tal vez los actos no sean suficientes. Puede ser que la imagen de Trump agradeciéndoles a los Clinton su asistencia al almuerzo del Congreso no alivie la peligrosa polarización que se hizo oficial ayer. Y que el nuevo presidente se vea en la necesidad de demostrar también en sus discursos su vocación democrática. “No más palabras vacías –anunció–: ha llegado la hora de la acción”. Pero quizás sea imperioso acudir a las palabras, que hacen parte de la acción de los gobernantes, para reiterarles a aquellos indignados que salieron a las calles a protestar que Estados Unidos no será “grande de nuevo” a costa de sus propios valores.editorial@eltiempo.com

Columnistas

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