Los ocho años de Santos

Los ocho años de Santos

El gobierno que termina deja un acuerdo de paz histórico en un ambiente complejo.

29 de julio 2018 , 12:29 a.m.

A menos de diez días de que termine el segundo periodo de mandato de Juan Manuel Santos, llega el momento de mirar atrás y hacer el necesario balance de los ocho años que gobernó a Colombia. Conviene comenzar por los logros. Y aquí no admite discusión registrar como el gran suceso de su gestión haber firmado la paz con la guerrilla de las Farc. Haber puesto fin a un conflicto de 50 años, que dejó más de 7 millones de víctimas, es tremendamente meritorio. Fue tal la magnitud de esta realización que se vio recompensada nada menos que con el Premio Nobel de Paz.

De la firma del acuerdo se deriva otra serie de hechos que deben destacarse. Una histórica reducción de la tasa de homicidios, que el año pasado fue la menor de los últimos 41 años –24,8 por cada 100.000 habitantes–; de igual forma, han caído en picada los casos de secuestro –190 en 2017 frente a 3.572 en el 2000, cuando este delito alcanzó su nivel más alto–; disminuyó también la cantidad de miembros de la Fuerza Pública muertos en cumplimiento de su deber, al pasar de 488 a 83 casos.

Hay que subrayar también la manera como, fruto de los acuerdos, se ha abierto nuestra democracia y han aumentado las garantías para quienes defienden puntos de vista contrarios a los mayoritarios. El clima pacífico en que se desarrollaron las tres citas en las urnas de este año evidencia lo anterior, al igual que la composición del nuevo Congreso, instalado el pasado 20 de julio.

En otros terrenos, la administración Santos también logró dar pasos sólidos en la dirección correcta. En el plano internacional, el país hizo tránsito a un rol con mucho mayor protagonismo. Hubo avances considerables en infraestructura –que pudieron haber sido mayores sin el lastre de los escándalos de corrupción que azotaron dicho sector– y reducción de la pobreza, al tiempo que la clase media creció. Aunque la inequidad del país sigue estando entre las más altas del continente, esta ha venido cayendo –con algunos sobresaltos– desde 2010. No menos encomiable fue haber conseguido que la economía navegara sin naufragar pese al viento en contra. De ello dan fe, entre otros hechos, una inflación controlada, una cifra de desempleo que en la mayor parte del trayecto fue de un dígito y los pronósticos moderadamente optimistas sobre el ritmo al que crecerá en los años por venir. El ingreso a la Ocde refuerza esta mirada optimista.

Se dieron, así mismo, esfuerzos cuyos frutos tardarán en surgir. Es el caso concreto de la iniciativa de atención integral a la primera infancia De Cero a Siempre, por fortuna elevada por ley a política de Estado. Algo similar puede decirse del programa Ser Pilo Paga, que benefició a cerca de 40.000 jóvenes de escasos recursos. Otra conquista que debe reconocerse es haber regulado el precio de más de 2.600 medicamentos.

Importantes realizaciones, sin duda alguna. Pero hay materias reprobadas y otras con resultados pendientes. Es claro que el aumento histórico de cultivos de coca ha disparado la criminalidad en zonas como Tumaco y el Catatumbo, a donde el Estado no ha podido llegar todavía a hacer real presencia luego de que las dejaran las Farc. Esta realidad, en parte, explica a su vez el impresionante aumento de la deforestación, fenómeno en alza que opaca logros en materia ambiental como declarar áreas protegidas más de 43 millones de hectáreas, entre ellas páramos y humedales que son vitales.

No haber conseguido copar tales espacios es uno de los grandes nubarrones que permanecen al mirar atrás. En esta misma línea, el auge del microtráfico, acompañado de un aumento del consumo interno por jóvenes, ha fomentado la proliferación de organizaciones criminales en la mayoría de los cascos urbanos, lo cual ha afectado la tranquilidad de la ciudadanía. A su vez, muchos lamentan que la locomotora de la ciencia y la tecnología nunca encendió su motor, y aunque en la recta final el agro mostró un buen semblante, su desempeño hubiese podido ser mucho mejor de haber recibido mayor atención que la recibida en estos ocho años.

Quedó en el fólder de lo pendiente la muy necesaria reforma de la justicia, rama del poder cada vez más desprestigiada. Un asunto que se suma al comprensible cansancio de los colombianos frente a la corrupción, la cual tuvo varios capítulos relacionados con el mal manejo de los cupos indicativos, la famosa ‘mermelada’.

Deja, pues, la Casa de Nariño el hombre que le apostó a la paz y, con su equipo de negociadores, trajo las Farc a la civilidad. Es de esperarse que la implementación de los acuerdos siga robusteciendo la democracia y, de paso, acortando esa distancia tan grande que hoy muchos colombianos sienten que los separa de las instituciones. Es posible, por lo tanto, que la calificación que recibirá Juan Manuel Santos sea objeto de revisión con el transcurrir de los años.

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editorial@eltiempo.com

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