Las enfermedades del conflicto

Las enfermedades del conflicto

Urge respuesta a las enfermedades en aquellas zonas más aisladas donde ha imperado la guerra.

01 de junio 2017 , 12:00 a.m.

"Después de medio siglo de guerra, los colombianos aspiran a vivir en un país normal, es decir, con grandes desafíos democráticos, sociales y económicos, pero pacífico e incluyente”. Con estas palabras, el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, inició su exposición en la Asamblea Mundial de la Salud, desarrollada la semana pasada en Ginebra (Suiza) y en la que mostraba los beneficios que la firma de la paz le ha representado y le plantea como reto a la salud pública en Colombia. Y no es para menos, porque la evidencia demuestra que este largo conflicto afectó la salud pública de muchas maneras.

Se sabe, por ejemplo, que ha tenido un impacto deletéreo en el desarrollo cognitivo y emocional de los niños, lo que, ligado a la pobreza promovida por el desplazamiento forzado, elevó las tasas de desnutrición en edades tempranas, afectando el desarrollo cerebral en varias generaciones.

Esta guerra también impidió el acceso a servicios de salud y limitó la presencia efectiva del Estado en buena parte del territorio, lo que causó una baja dramática de los indicadores sanitarios.

En este contexto, hoy se tornan relevantes las prevalencias e incidencias de enfermedades tropicales transmitidas por vectores, que están determinadas por las condiciones ambientales y la vulnerabilidad social de poblaciones que habitan áreas endémicas, coincidencialmente las mismas afectadas por el conflicto.

La leishmaniasis es quizá el caso más significativo, pero por el mismo camino han transitado la malaria, la fiebre amarilla, el dengue y el mal de Chagas

Una muestra significativa de ello es la leishmaniasis –enfermedad parasitaria, transmitida por la picadura de un mosquito y propia de lugares húmedos y selváticos–, que comparte territorio con la violencia armada y cuyo control, al escalar a su ritmo, se convirtió históricamente en un instrumento de guerra. No son lejanas las normas que permitían que el control de los medicamentos contra este mal lo ejercieran las Fuerzas Armadas y que sus beneficiarios fueran presuntamente vinculados con una ilegalidad que merecía ser investigada.

La leishmaniasis es quizá el caso más significativo, pero por el mismo camino han transitado la malaria, la fiebre amarilla, el dengue y el mal de Chagas, para no hacer más larga la lista. Sin embargo, los acuerdos de paz plantean al menos tres retos para el sistema de salud.

Según Minsalud, el primero es la construcción de capacidades en las regiones más aisladas, donde el conflicto impidió una presencia permanente del Estado. El segundo, la formación del talento humano en un marco diferente. Y el tercero, encontrar el balance más adecuado entre la atención primaria y la atención de las enfermedades de alto costo que han sido desatendidas en esta población, en un escenario donde el bienestar colectivo y la integración de estas personas a un sistema responsable y equitativo deben ser la prioridad. Así que los temas del posconflicto deben ubicar estas pretensiones como prioridades ineludibles.

En el nuevo escenario hay razones para ser optimistas. En el poco tiempo que lleva en curso este proceso de paz, las tendencias decrecientes son buenas señales. Si la paz es irreversible en el país, también lo será el descenso del sufrimiento y las muertes que dejaban estas enfermedades propias del conflicto, que apenas se miraban de soslayo.

- editorial@eltiempo.com

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