Editorial: La Van der Hammen

Editorial: La Van der Hammen

Una ciudad sostenible es la fórmula sensata que posibilita el desarrollo de la mano de la naturaleza

20 de noviembre 2016 , 12:43 a.m.

Más de tres lustros completa el tire y afloje en torno al futuro de la denominada zona de desarrollo del norte de Bogotá. Un tema en el que han intervenido los más altos poderes locales, regionales y nacionales a la hora de visualizar el mejor destino para un territorio clave de la capital y cuyo eje de discusión actual es la reserva Thomas van der Hammen, en honor al científico que contribuyó, entre otras cosas, a descubrir la riqueza ecológica de la Sabana y los Andes.

Lejos estaba él de imaginar que la paquidermia institucional sería una de las razones principales para que la reserva esté hoy como hace 16 años: en nada. No ha habido recuperación ni intervención. La secretaría técnica que se creó a instancias del Ministerio de Ambiente y sentó las bases para la implantación de la franja vio pasar 11 años sin que la CAR delimitara el territorio por proteger. Fueron las acciones judiciales las que la llevaron a expedir, finalmente, el acuerdo 11 del 2014, un plan de manejo de la reserva que incluye la prohibición de construir, hacer vías, escenarios deportivos, talar árboles, plantar especies exóticas, habilitar espacios de recreación, promover usos industriales y/o dotacionales. A cambio, dos docenas de proyectos se han elaborado para recuperarla y convertirla en un pulmón verde. Pero tampoco se han implementado. Entre tanto, persisten en la franja –una zona de 1.395 hectáreas, entre los cerros orientales y el río Bogotá– la explotación agrícola, colegios, urbanizaciones, campos deportivos, escombreras, estacionamientos y hasta instalaciones de gas. Todo un contrasentido.

La razón es simple: no hay con qué adquirir los predios ni se ha incentivado a sus dueños para que aporten. Se calcula que el costo de la recuperación comenzaría en 3 billones de pesos. En el papel está que los recursos podrían conseguirse vía estímulos a los propietarios, castigos y multas, exoneraciones tributarias, compra de predios, pero tampoco ha habido acciones en tal sentido.

Desde su pasada administración, el alcalde Enrique Peñalosa ha librado una batalla jurídica para que se permita el desarrollo de la Van der Hammen. Un desarrollo que, según él, garantiza el crecimiento ordenado del norte, adonde arribarán millones de personas en las próximas décadas. Lo denomina Ciudad Verde, y tendría vivienda, vías, transporte público y corredores ecológicos que conectarán los cerros con el río.

La otra razón es la urgente necesidad que tiene Bogotá de contar con vías para su desembotellamiento. Y menciona la Avenida Longitudinal –concebida hace décadas– y la expansión de las avenidas Boyacá y Ciudad de Cali.

El asunto se volvió punto de honor para las partes. Y es aquí donde las cosas se complican, pues, así como lo ambiental seduce incluso a legos en la materia, también está la realidad dura y pura de una ciudad que no resiste más la presión de la inmovilidad y mantendrá su ritmo de crecimiento hasta hacerla insostenible.

Si estuviéramos en la sociedad del mutuo entendimiento, debates como estos se darían con altura a fin de encontrar la mejor solución, con consensos y la participación ciudadana. No en vano se trata del tema que hoy desvela a la humanidad: la cocreación de entornos urbanos ambientalmente sostenibles, resilientes y seguros. Lo que no significa condenar a las ciudades al ostracismo por causa de la ortodoxia ambientalista ni patentar el arrasamiento de sus ecosistemas por desvaríos políticos. La sostenibilidad es la fórmula más sensata que ha surgido para posibilitar un desarrollo de la mano de la naturaleza y no en contra de ella.

A este respecto, y teniendo en cuenta que por lustros en la Van der Hammen lo que ha prevalecido es el statu quo, es recomendable mirar con atención la propuesta de la Administración Distrital. Sin prevenciones ni calificativos. El informe que aparece hoy en la edición local de este diario constituye una oportunidad para entender, sin ambages ni tintes partidistas, los escenarios que se tienen. La gente podrá comparar y hacer su propio juicio sobre lo que le conviene a la ciudad.

Si se revisa la historia y se advierten los enormes obstáculos por superar, resulta evidente que le hace mayor bien a la capital un espacio intervenido de forma sustentable. Hay múltiples mecanismos para asegurar que así sea. La veeduría de los ambientalistas sería la mejor garantía. Bogotá está colapsada, y la manera de salir del atolladero no es, precisamente, dejando de hacer las obras que requiere, sino certificando que cualquier injerencia en un territorio contemple, por ejemplo, el uso de energías renovables, transporte alternativo, manejo racional del agua y la preservación del entorno natural.

El peor escenario es que las cosas sigan como van y la discusión derive, como hoy, en un cruce de mensajes de odio y apelativos con más trasfondo político que rigurosidad técnica.

EDITORIAL

editorial@eltiempo.com.co

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