La trampa del fatalismo

La trampa del fatalismo

Es irresponsable alimentar la desazón en un país que merece y tiene con qué dejarla atrás.

02 de abril 2017 , 02:17 a.m.

El costo que en estos tiempos de redes sociales tiene llevar la contraria en el debate público facilita el rápido surgimiento de muy extendidos consensos. Uno de ellos, el de que el país va rumbo a días aciagos, viene consolidándose en los últimos meses, sobre unas bases que bien merecen una mirada crítica.

Es una línea de pensamiento en la que hay tanto moderados como extremistas. Mientras algunos, en tono constructivo, llaman la atención acerca de unas cifras e indicadores e invitan a tomar medidas y acciones que eviten males peores, otros parecieran expresar, incluso, ilusión frente a la perspectiva de una hecatombe que anuncian a partir de una exposición sesgada de estos y otros números.

No se trata de negar una realidad que en el último tiempo ha traído más de una mala noticia, con repercusiones en la vida cotidiana de los colombianos. Estas van desde la desaceleración de la economía, el progresivo descrédito de las instituciones, los escándalos de corrupción a gran escala y los tropiezos en la implementación del acuerdo con las Farc hasta episodios traumáticos para toda una sociedad como el crimen de la niña Yuliana Samboní a manos de Rafael Uribe Noguera, pasando por el bombardeo, en las redes sociales, de imágenes y videos de delitos cometidos en las calles, que alimentan una agobiante percepción de inseguridad a la cual no le falta sustento.

Se trata, sí, de buscar una perspectiva para evaluar estos hechos que trascienda el fatalismo por momentos reinante y que tenga un sentido histórico, ese que tanto ayuda a afinar la perspectiva. También, de poner en la balanza los sucesos negativos y los positivos y, por último, de advertir sobre la inconveniencia del pesimismo como estrategia de acción política.

Podría decirse de lo primero que si un rasgo ha mostrado Colombia es el de saber sobreponerse a coyunturas tan complejas como la del acecho de los carteles de la droga a las instituciones, o aquella en la que el poderío alcanzado por la subversión les hizo ver viable su proyecto de llegar al poder por la vía armada, para mencionar solo dos de las más recientes. No es este el primer momento de nuestra historia republicana en el que coinciden varios desafíos.

En relación con lo segundo, hay que recordar cómo, al tiempo con las malas noticias –que, insistimos, no pertenecen a la esfera de la posverdad y son tan reales como preocupantes–, se han registrado otras que sirven para contrarrestar el negativismo. Y esa lista deben encabezarla históricas postales que dejó la última marcha de las Farc rumbo a las zonas veredales de concentración, hecho al que ahora debe sumarse la inminente entrega a la ONU de más de 7.000 armas de la misma organización. Deben anotarse aquí la tendencia a la baja de las cifras de homicidios, los avances del país en materia de reducción de la pobreza, el crecimiento de la clase media, la mejora en el desempeño de los alumnos colombianos en las pruebas Pisa, la manera como la economía ha sabido resistir los vientos en contra que ha enfrentado, lo que, si se compara con el vecindario, resulta aún más meritorio. Aun los hallazgos recientes sobre los tentáculos de las redes de corrupción bien pueden interpretarse en clave positiva, como señal de que las instituciones responsables de esta tarea están cumpliendo con su trabajo. Como una oportunidad de fijar un antes y un después, subrayando la necesidad de aprender las lecciones.

Habría que reflexionar, entonces, respecto al impacto de ciertas generalizaciones, muy frecuentes por estos días, provenientes tanto de ciudadanos del común como de líderes de opinión e incluso altos funcionarios. Y detenerse, en particular, en lo tentador que, repetimos, en tiempos de redes sociales es emitir contundentes juicios que en muchos casos pasan por alto matices. Dictámenes severos y emotivos, en lógica binaria, que cosechan ‘likes’ por docenas, pero que poco espacio dejan para la deliberación y el análisis que logra abarcar todas esas complejidades y paradojas que no caben en 140 caracteres.

Es de esta forma como afloran lecturas de la realidad en las que no solo se impone, a punta más de decibeles que de argumentos, una mirada negativa, sino que su ascenso es impulsado por una hábil manipulación de las emociones de la ciudadanía, en este caso específico, el miedo.

Quienes hoy ejercen liderazgos tienen la responsabilidad de no morder este anzuelo: el fatalismo y el pesimismo sistemático pueden dar réditos políticos a corto plazo, toda vez que apelan a temores que mucho ayudan para movilizar electores, pero a largo plazo están sembrando una semilla de desolación con potencial, ahora sí, de hacer realidad esos escenarios extremos que hoy pululan en sus proclamas.

No pretendemos invitar a un optimismo infundado, que es igualmente nocivo, simplemente queremos advertir de lo irresponsable que es alimentar la desazón en un país que merece y tiene con qué dejarla atrás.editorial@eltiempo.com.co

MÁS EDITORIALES

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA