Editorial: La tragedia del Plazas Alcid

Editorial: La tragedia del Plazas Alcid

Que terminen el despilfarro, la irresponsabilidad. Y Que comience la era de las obras bien hechas.

24 de agosto 2016 , 07:58 p.m.

Recientemente, desde estos mismos renglones llamábamos la atención sobre la persistencia del mal uso de los dineros de las regalías. Apenas cuatro días después, el colapso de una placa de concreto en la obra de remodelación del estadio Guillermo Plazas Alcid, de Neiva, que se lleva a cabo con recursos de este origen, irrumpió como doloroso polo a tierra de la advertencia.

El accidente dejó cuatro muertos y diez heridos, que, por supuesto, pudieron evitarse. Cuatro vidas humanas cuya absurda pérdida se hace más dolorosa conforme se reconstruye la historia detrás de esta obra, que es, sin lugar a dudas, otra crónica de un insuceso anunciado.

Los jueces y los entes de control tendrán la última palabra, pero lo cierto es que a simple vista asoman todo tipo de indicios de que aquí estamos ante otro de esos hechos que, siendo benévolos, invita a una muy profunda reflexión sobre qué es lo que lleva a que personas actúen de esa forma con los recursos públicos y qué está mal planteado en el diseño institucional que permite que esto ocurra sin que las instancias que deberían evitarlo sean efectivas.

Ya la caída de una viga el año pasado advirtió que algo no andaba bien en un proyecto plagado de sobrecostos –su valor pasó de 21.000 a 29.000 millones de pesos– y de cambios sobre la marcha con relación a los estudios y diseños originales. Aunque el Departamento Nacional de Planeación lanzó numerosas advertencias, estas no tuvieron mayor impacto en una obra cuya interventoría resultó, según se reveló esta semana, a cargo de un ingeniero agroindustrial experto en bovinos.

Es de esperarse que la justicia dé pronto con los responsables. Algo tan urgente como que la actual administración de la capital del Huila encuentre la manera –de la mano con Planeación Nacional– de que el escenario no ingrese a la larga lista de elefantes blancos hijos no deseados, por la gente, de la unión fortuita entre regalías y malos gobernantes. Pero, sobre todo, el anhelo es que la indignación que este episodio ha causado marque el anhelado punto de quiebre en la historia del uso de las regalías. Que terminen el despilfarro, la irresponsabilidad. Que comience, por fin, la era de las obras bien hechas, para beneficio de todos.editorial@eltiempo.com

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