Editorial: La tragedia de Mosul

Editorial: La tragedia de Mosul

En medio de una feroz batalla, esta ciudad enfrenta un drama humanitario que no hay que ignorar.

10 de noviembre 2016 , 08:05 p.m.

La última semana ha estado dominada en el plano informativo casi en su totalidad por la elección presidencial estadounidense, que dio como ganador al magnate republicano Donald Trump luego de una de las campañas más agresivas de las últimas décadas.

Y por causa de esa avalancha de información, en muchos países no ha tenido la suficiente atención una tragedia que sucede en Oriente Próximo: la retoma de Mosul, la segunda ciudad más importante de Irak, con más de 650.000 habitantes, que desde hace dos años es ocupada por el grupo yihadista Estado Islámico (EI).

Esa tenebrosa agrupación –surgida de una disidencia de la red terrorista Al Qaeda– es responsable de muchos ataques, supuestamente en nombre de un islam cuyos postulados ha deformado, mediante la utilización de los métodos más viles para abrirse campo y ganar un extenso territorio entre Irak y Siria, en donde proclamó un califato.

Su violencia y métodos extremos, como las ejecuciones públicas con decapitaciones, ahogamientos, ahorcamientos y fusilamientos, lograron someter a cientos de miles de personas en las zonas por donde avanzaba y luego, en su actuación como un para-Estado, se atribuyó el derecho a otorgar documentos de identidad a la población, realizar registros notariales, recaudar los impuestos y pagos de servicios públicos, modificar el sistema de enseñanza, esclavizar sexualmente a muchas mujeres y prohibir actividades culturales y artísticas, entre otras atrocidades.

Desde hace 25 días se libra una feroz batalla para sacarlo de Mosul. En la recuperación de esta ciudad por el ejército iraquí, que es asesorado por Estados Unidos, se ha conocido que el EI ha reclutado por las buenas y las malas a niños mayores de 9 años para convertirlos en combatientes, ha tomado a 15.000 familias como escudos humanos para atrincherarse en zonas como el aeropuerto, e incluso ha utilizado perros a los que les pone, a manera de chaleco, explosivos para atacar a quienes intentan expulsarlos. Allí hay un drama humanitario que no hay que perder de vista, por más que nuestro vecindario no salga de la conmoción por el ascenso de Trump.editorial@eltiempo.com

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