La terminal del norte

La terminal del norte

Múltiples trabas y falta de liderazgo político casi convierten el proyecto en un imposible.

02 de marzo 2017 , 11:36 a.m.

No hay mucho que celebrar con la puesta en marcha de la terminal satélite de transporte intermunicipal ubicada en el norte de Bogotá. Nada justifica que una obra, que en apariencia no reviste mayores complejidades, haya tardado 16 años para entrar en funcionamiento. Múltiples trabas, burocracia y falta de liderazgo político de las administraciones anteriores casi convierten el proyecto en un imposible.

Y fueron los ciudadanos los que terminaron pagando los platos rotos, al verse expuestos a paraderos provisionales, inseguros, confundidos entre la variedad de ventas informales, suciedad y desorden, además del caos vehicular que los conductores de buses ocasionaban a la altura de la calle 170 con autopista Norte.

Bajo el actual gobierno, la terminal entró en funcionamiento. De esta forma, el flujo de flotas que provienen especialmente de departamentos y municipios del norte del país disponen ahora de un sitio donde ejercer su actividad de forma ordenada y respetuosa con los pasajeros. Atrás parecería haber quedado el caos descrito. La terminal cuenta con 19 bahías para estacionamiento, baños y 24 taquillas; desde ella se podrán despachar casi 600 buses diariamente y 40 cámaras de vigilancia garantizarán la seguridad de los usuarios y los funcionarios.

Varias cosas debe tener clara la gente. Primero, que se trata de una solución temporal, pues la capital requiere de una terminal mucho más sofisticada que permita atender las múltiples demandas que en materia de movilidad existen y existirán en el futuro en este punto de la ciudad.

Segundo, debe entender que esto no acaba con los trancones habituales, aunque los alivia. La verdadera solución está en la ampliación de la autopista, que ya no da espera.

Y tercero, la Alcaldía tiene el reto de garantizar que, como sucedió el primer día de funcionamiento, la Policía se haga sentir para evitar de nuevo la informalidad que se apropia del espacio público y las hordas de buses indisciplinados que preferían el desmadre anterior y no la civilidad que hoy se aprecia. Veremos.

editorial@eltiempo.com

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