Editorial: La rebelión de los grandes

Editorial: La rebelión de los grandes

Es claro que el rumbo que ha tomado el fútbol ha sacudido los cimientos del deporte.

29 de agosto 2016 , 01:22 a.m.

Más allá del desenlace que tenga este capítulo, el que ocho equipos tradicionales de la División Mayor del Fútbol Colombiano se hayan organizado para presionar una transformación de fondo en la organización y funcionamiento de esta entidad es algo que no puede pasarse por alto. Se trata, de entrada, de un hecho sin precedentes en los más de 60 años de historia del fútbol profesional en Colombia.

Ahora bien, cabe recordar que si bien una disidencia como la que hoy vemos en ciernes es nueva, lo de los cismas no es del todo ajeno al balompié colombiano, toda vez que sus primeros años –los de la muy recordada época de El Dorado– se dieron en el marco de uno: para poder contratar a las superestrellas del momento, fue preciso abandonar la órbita de la Fifa.

De vuelta al presente, es claro que el rumbo que ha tomado el fútbol, como producto muy apetecido en el mercado del entrenamiento, ha sacudido los cimientos del deporte y de la manera como está montado el espectáculo. Esto se traduce en que los clubes ‘grandes’ dejan de serlo en términos de historia, tradición en incluso logros deportivos para pasar a serlo en términos de la cantidad de televisores o celulares o tabletas que estén en capacidad de encender. De esta nueva realidad son conscientes los dueños de los ocho equipos ‘rebeldes’ y quieren que las reglas de juego se adapten a ella. Y no solo ellos, hay todo un movimiento en el continente que avanza en esa dirección.

La disyuntiva es clara: por un lado está la opción de permitir la consolidación de una élite de equipos –por dentro o por fuera de la Dimayor, no importa– que reciban una cantidad de dinero por concepto de derechos de televisión proporcional al rating de sus partidos y, en un escenario ideal, la inviertan en conformar equipos de primer nivel dejando en la inopia a los ‘chicos’ o simplemente condenándolos a desaparecer. La otra opción es la de mantener el statu quo en el que proliferan los equipos que juegan de local con estadios vacíos, pero que garantizan que el fútbol colombiano llegue a buena parte de la geografía nacional y no solo a los polos de desarrollo. Es, en últimas, un pulso entre dinero y política, y este es apenas su primer capítulo.

EDITORIAL

editorial@eltiempo.com.co

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