Editorial: La peor de las epidemias

Editorial: La peor de las epidemias

El mundo no está haciendo lo suficiente para frenar las miles de muertes relacionadas con el hambre.

12 de octubre 2016 , 08:24 p.m.

Aunque la pobreza tiene muchas caras, la primera que se expresa es la del hambre, una condición que en el mundo de hoy padecen al menos 795 millones de personas, según la última medición del índice global del hambre (GHI, por sus siglas en inglés), conocida esta semana.

Si bien el informe –que analiza la situación en 118 países– manifiesta que desde el 2000 la hambruna en el planeta ha disminuido un 29 por ciento, lo cierto es que el 11 por ciento de los habitantes del mundo pasan hambre, con el agravante de que esa cifra –que es mucha gente– está concentrada en los países más pobres, lo cual hace que cualquier pronóstico de mejoría se desvanezca.

A lo anterior se suma que este fenómeno es “inquietantemente elevado” en los niños, a tal punto que, a nivel mundial, el 28 por ciento de los menores de 5 años tienen una estatura inferior a la indicada para su edad y el 8,4 por ciento están por debajo del peso adecuado para su altura, lo que pone de manifiesto que enfrentan una desnutrición aguda.

De hecho, la mortalidad infantil, uno de los cuatro parámetros en los que se basa la cuantificación del GHI, es del 4,7 por ciento a nivel global, lo cual demuestra el impacto devastador que la falta de comida puede ocasionar en un plazo muy corto, pues se trata de fallecimientos que ocurren en los primeros 5 años y podrían ser evitados.

Desafortunadamente, el hambre contemporánea se ha convertido en un fenómeno silencioso y en ocasiones acallado o justificado por conflictos armados y violencias de toda índole, gobiernos dictatoriales, sequías, inundaciones y hasta terremotos; sin embargo, las víctimas de estos factores ‘excepcionales’ son pocas, comparadas con los cerca de 700 millones de personas que la sufren solo por formar parte de un orden social inequitativo.

Una mirada responsable a las tablas presentadas por el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (Ifpri), que responde cada año por la medición del GHI, exige calificar como la peor de las injusticias el hecho de que nacer en países como Chad, Zambia, Madagascar, Haití, Yemen o la República Centroafricana (que tienen los peores índices) sea determinante para vivir la mitad del tiempo que viven quienes nacen en otros lugares con alimentos disponibles.

Que cada día mueran 25.000 personas por causas relacionadas con el hambre, a sabiendas de que no deberían morirse por eso, quiere decir que el mundo está mirando para otro lado, en el que tal vez se topa con miles de toneladas de comida botada diariamente a la basura y una epidemia de obesidad que crece como una espiral.

Es hora de que las autoridades mundiales hagan frente común para atenuar este flagelo, que se lleva por delante más vidas que otros problemas que han merecido alianzas globales para enfrentarlos. Un ‘acuerdo marco universal contra el hambre’, en el que todos los países y las grandes empresas se comprometan a evitar muertes por males carenciales, debe ser la respuesta a tan crudo diagnóstico.

Ello puede empezar, en el caso de Colombia, por actuar con decisión en aquellas regiones en las que el hambre jalona hacia arriba el índice de 8,5, que, no obstante lo bajo, no puede dejar satisfecho a nadie.


editorial@eltiempo.com

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