La Farc

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El partido de la exguerrilla requiere de todas las garantías democráticas.

04 de septiembre 2017 , 01:14 a.m.

Lo que hace solo unos años era visto como un imposible tuvo lugar la semana pasada como un suceso más en medio de la siempre agitada actualidad nacional. Las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, que por más de 50 años hicieron la guerra, celebraron su primer congreso como movimiento político, ya no armado. Y lo hicieron en pleno corazón del poder político y económico del país, primero en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada y después, para el acto de cierre, en la plaza de Bolívar.

Dos reflexiones suscita este hecho. La primera pasa por lo reconfortante que es ver el tránsito de una agrupación de las armas a la política, independientemente de las posibles consideraciones acerca de su plataforma ideológica. Se ha dicho innumerables veces, desde estos renglones, pero hay que reiterarlo: cambiar balas por votos será siempre un paso en la dirección correcta y motivo de alegría para cualquier sociedad. La presencia de una fuerza política antisistema que se acoge a las reglas de juego vigentes hace más diversa y, en consecuencia, más robusta nuestra democracia.

En este orden de ideas, aunque doloroso, es fundamental recurrir hoy a los libros de historia con el fin de no repetirla. La Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, su nueva denominación, requiere de todas las garantías, sobre todo en lo tocante a la seguridad física de sus líderes y militantes. Esta es una responsabilidad que, por supuesto, recae en el Estado, pero al resto de la sociedad también le corresponde el deber de no atizar odios, esos que alimentan a los radicales que desde la ilegalidad recurren al lenguaje de la muerte para expresar su intolerancia. La oposición al nuevo movimiento no debe salir jamás del marco de la política.

La segunda reflexión tiene que ver con lo anterior. Le llegó la hora a esta organización para, dicho coloquialmente, ‘hacerse contar’ y jugar claro. Tras cinco décadas autoproclamándose como defensora de los intereses de –según afirmaban– un amplio sector de la población, en la arena política deberán demostrar que dichas proclamas tenían sustento en la realidad.

Para constituirse en una fuerza política relevante en el ámbito nacional deberán sintonizarse con los tiempos que corren. Tendrán que conquistar apoyos más allá de sus bases y, con mayor razón, de los territorios donde han ejercido histórica presencia y control territorial. Y ello implica aprender a leer y descifrar qué es lo que hoy preocupa y moviliza a los colombianos, una realidad muy distante de la descrita en sus cartillas.

Deberán tener muy claro, por ejemplo, por dónde pasan ahora las grandes sensibilidades de la ciudadanía. Por lo visto en episodios como el de la lista de bienes entregada al Ministerio del Interior, la desconexión sigue siendo evidente. Querer aferrarse a una sigla que para la inmensa mayoría de los colombianos es de muy ingrata recordación vuelve y lo confirma. Pero estos ya son asuntos del resorte del nuevo movimiento.

El camino para este pinta, pues, empinado. Tendrán tiempo suficiente y las garantías consignadas en el acuerdo firmado para escoger la manera de sortearlo. Decisión que los colombianos sabrán evaluar en las urnas.

editorial@eltiempo.com.co

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