Editorial: Hogares que son infiernos

Editorial: Hogares que son infiernos

Es hora de asumir que hay una crisis en la familia que no da señales de mejoría.

07 de agosto 2016 , 11:19 p.m.

Cuesta mucho pensar en la viabilidad no solo del posconflicto, sino de cualquier sociedad, de cara al horror que producen las cifras de violencia intrafamiliar que trae el más reciente informe Forensis, del Instituto de Medicina Legal.

No solo horror. Produce escalofrío y desolación conocer que son tantos los hogares colombianos epicentro de agresiones físicas y sexuales, muchas de ellas contra niños, adolescentes y adultos mayores. Los más vulnerables.

No sobra recordar las cifras: la cantidad de agresiones sexuales cometidas por un familiar o una persona cercana a la víctima pasó del 86 por ciento en el 2014 a 88 por ciento en el 2015. La vivienda ocupa el primer lugar en la lista de sitios donde estas ocurrieron –así como los homicidios–, mientras que, en materia de violencia contra menores, en el 32,88 por ciento de los casos el agresor fue el padre; en el 30,69, la madre, y en el 42,36, un familiar. Aquí hubo una disminución, cierto, pero esta no alcanza a ser motivo para el optimismo.

Los registros siguen siendo aterradores. En cuanto a la población adulta mayor, también se observa una tendencia al aumento. Si vamos a referirnos a este flagelo, no podemos dejar pasar el que uno de cada tres asesinatos en Colombia tenga lugar en el marco de una celebración, muchas de ellas de familia.

La divulgación de estas cifras será inútil si, por lo menos, no desencadena una reflexión sobre qué estamos haciendo mal como sociedad para que el calor que se siente en tantos hogares sea calor de infierno. Que el espacio en el que se juegan a diario los valores que orientarán el comportamiento de los colombianos en su interacción diaria con otras personas sea, en tantos casos, un nodo de las agresiones más ruines de nuestra especie no debe dejar tranquilo a nadie.

Las causas no parecen difíciles de hallar: la intolerancia, la herencia de décadas, siglos, de formas de organización social de carácter patriarcal; la violencia, que genera desarraigo y desplazamiento, la desigualdad, el consumo de alcohol y drogas. La mayoría de ellas, de hecho, se entrecruzan.

Y así como de tiempo atrás se vienen haciendo listados con estos, los factores que motivan la degradación de los hogares, también desde que se tiene noticia se ha culpado, con razón muchas veces, al Estado. De ello se puede concluir que el que esté todo tan claro y la situación siga empeorando revela que falta dar un paso más, así este sea incómodo para todos.

Y puede ser el de asumir, de una buena vez, que hay una crisis en la familia que no muestra señales de mejoría. No en términos de cambios en su composición, que quede claro, sino en términos de su incapacidad para formar personas con unas mínimas bases éticas, que hagan viable el reto de ponernos de acuerdo para poder vivir juntos.

No se trata de ser fatalistas y hablar de fracaso rotundo, menos ante los logros que Colombia ha obtenido, que no son pocos, pero sí de advertir que estos pueden peligrar si no se actúa, y el primer paso es ponernos de acuerdo en qué es lo que está pasando en miles de hogares del país, y el deber de detenerlo tiene que estar en el mismo renglón de importancia que, por ejemplo, el posconflicto.

EDITORIAL

editorial@eltiempo.com.co

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