Hablemos de acoso

Hablemos de acoso

Recurrir al poder o a la jerarquía para obtener favores sexuales ha dejado de ser algo normal.

18 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Ya era hora de que la conversación surgiera y el cambio se diera. Quienes recurren al acoso sexual en ámbitos laborales no pueden seguir protegidos por una espuria y sin embargo longeva ley del silencio con validez universal.

El empujón corrió por cuenta de un artículo de The New York Times publicado a comienzos de este mes y en el que se documentaba cómo el reconocido productor de Hollywood Harvey Weinstein no solo incurrió en esta conducta de manera sistemática, como todo un depredador, sino que compró el silencio de sus víctimas.

Esta revelación produjo una bola de nieve en forma de nuevas denuncias de víctimas de Weinstein y de una movilización sin precedentes en las redes sociales de personas, en su gran mayoría mujeres, que se animaron a compartir sus propios relatos como víctimas de esta conducta. Lo ocurrido con el actor Bill Cosby abonó el terreno.

Que un hombre recurra al poder o a la jerarquía para obligar a una mujer a acceder a intercambios sexuales fue un comportamiento visto como normal en distintas sociedades por décadas, incluso siglos. Por supuesto que la ecuación en términos de género y orientación sexual varía, y esto hay que anotarlo, pero es claro que la gran mayoría de los casos se dan en los términos expuestos.

Quienes recurren al acoso sexual en ámbitos laborales no pueden seguir protegidos por una espuria y sin embargo longeva ley del silencio con validez universal

Como David contra Goliat, las mujeres que han sufrido este drama, sea en sus lugares de trabajo o en las aulas –el otro escenario por excelencia del flagelo–, y han decidido actuar conocen muy bien esa sensación de desgarradora impotencia que las invade después de constatar el tamaño del monstruo al que se enfrentan. Lo anterior porque se asumía, y qué bueno que ya se comienza a conjugar este verbo en pasado, que estas conductas eran naturales y que de ningún modo podían manchar la trayectoria de sus perpetradores.

Luego de las valerosas denuncias de miles de víctimas, este comportamiento poco a poco hace el tránsito de anécdota que se relata en voz baja (o de la que algunos se ufanaban) a delito que se denuncia con nombre propio. Se construye así el bienvenido consenso respecto a lo inaceptable y aberrante de utilizar la jerarquía y el poder como herramientas de coacción para lograr que una mujer acceda a una pretensión sexual.

Pero darle el nombre que le corresponde al acoso es apenas el primer paso. Y aunque sin duda es vital, los que le siguen lo son aún más. La movilización, la comprensible indignación deben cristalizarse en una presión ciudadana por los canales que para ello ofrece la democracia. Esta transformación no solo ha de apuntalar un cambio cultural de fondo –que ya se asoma–, sino que debe dar pie a la creación o fortalecimiento de instancias y mecanismos que permitan que la justicia actúe. Para que las personas que denuncian sientan tranquilidad en lugar de desasosiego, y también para evitar que esto derive en acusaciones sin fundamento real, que no solo perjudican a quienes son objeto de ellas, sino, y de manera grave porque le restan legitimidad, a la causa misma.

Hay que encauzar la movilización por las sendas del Estado de derecho. Que esta energía, más que 'trending topics' en Twitter, genere sistemas de justicia sólidos, eficientes, confiables y libres de viejos sesgos que revictimizan.

editorial@eltiempo.com

Las actrices que denunciaron a Harvey Weinstein

Días después de que saliera a la luz el historial de acoso sexual del poderoso productor de Hollywood Harvey Weinstein, su currículum no ha hecho más que engrosarse con nuevas alegaciones de actrices.

Foto:

Yann Coatsaliou/ AFP

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