Editorial: En memoria de Emilsen Manyoma

Editorial: En memoria de Emilsen Manyoma

La muerte brutal de esta valerosa líder resulta profundamente dolorosa en tiempos de acuerdos de paz

19 de enero 2017 , 08:30 p.m.

No puede suceder que las noticias sobre asesinatos de líderes sociales, que se han estado volviendo frecuentes en estos tiempos de intentar por fin la paz, se reduzcan a pequeñas notas en las páginas de los medios o a indignados párrafos de despedida en las redes sociales. Se trata de hechos graves. Cada líder que ha sido asesinado a sangre fría en las últimas semanas –y por lo menos 70 lo fueron el año pasado– es un recordatorio de la guerra que sigue viviéndose en Colombia, de que hay intereses perversos en que esta no acabe; de esa larga historia de crímenes de defensores de los derechos humanos y de políticos de izquierda, que tendría que ser cosa del pasado.

Los cadáveres de la defensora de derechos humanos Emilsen Manyoma y de su marido, Joe Javier Rodallega, aparecieron el martes pasado en zona selvática de la vereda El Limonar, en el barrio El Progreso, junto a la carrilera de Buenaventura. Se sabe que la pareja desapareció el sábado en la noche, que lo último que se supo de ellos fue que se bajaron de un taxi en el barrio Las Palmas y que fueron asesinados mucho antes de que sus cuerpos fueran encontrados. Dice el CTI que los motivos no están del todo claros.

Sin embargo, la noticia de la muerte de esa manera de una valerosa líder social tiene que estremecer a esta sociedad, que –atrapada en una pesadilla en la que se descubre que ni los paramilitares, ni los guerrilleros, ni las bandas criminales hacen parte aún de un episodio anterior de nuestra historia– quizás no ha sido suficientemente clara a la hora de oponerse a los violentos.

Manyoma, de apenas 31 años, que hacía parte de la red Conpaz, se dio a conocer hace más de una década por enfrentarse de manera corajuda al acoso de los traficantes de droga y de las bandas paramilitares. Su muerte brutal resulta profundamente dolorosa en tiempos de acuerdos de paz. Y obliga a pensar en que tendría el país que dar respaldo y proteger mucho más a personas como ella y, de paso, erradicar la violencia como solución a punta de cultura y de justicia y de compromiso con la democracia.

Por lo visto, estamos lejos de que la barbarie sea nuestro pasado, pero por la memoria de los valerosos, precisamente, hay que perseverar y exigir justicia.

editorial@eltiempo.com

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