El sexto Mundial

El sexto Mundial

La Selección nos recordó que la alegría y la esperanza siguen siendo virtudes de esta nación.

12 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

En materia de mundiales de fútbol para Colombia, la historia ha sido oscilante. De las vacas flacas a las gordas y de vuelta a la inopia.

Tras la recordada clasificación a Chile 1962, el torneo del gol olímpico y el 4-4 contra la poderosa Unión Soviética, vino un calvario de 28 años. Regresar a la Copa del Mundo fue, entonces, un propósito nacional de primerísimo nivel. Hasta una comisión de notables se nombró a comienzos de la década de 1980 para tal fin. Algunos recursos, y sobre todo mucha esperanza y fe, se invirtieron en la causa, con nulo retorno.

Hasta que, en 1989, Francisco Maturana marcó un antes y un después en la historia no solo del fútbol, sino del deporte colombiano.

Selección Colombia

La Selección Colombia agradece la clasificación al Mundial.

Foto:

AFP

Acompañado de una generación dorada y de una suerte de alineación de astros, es decir, múltiples factores que jugaron a su favor, abrió con la clasificación a Italia 1990 obtenida en Tel Aviv, luego de un repechaje contra Israel. Un capítulo inolvidable para el balompié criollo. Esas sí que fueron vacas gordas, incluso con las frustraciones de la segunda ronda de Italia, de todo lo que rodeó el Mundial de Estados Unidos y del absurdo asesinato de Andrés Escobar. Estar entre los mejores del planeta cada cuatro años se instaló en nuestra rutina, al punto de que la tercera clasificación en serie, a Francia 1998, no generó mayor alborozo.

Y, de nuevo, la sequía. Los tumbos. La falta de norte, de identidad y de alegrías. La Tricolor estuvo ausente de tres copas mundo de la Fifa, y hubo momentos en que se creyó que una maldición se había posado sobre nuestro fútbol. En especial, cada vez que la suerte –por la incapacidad de los nuestros para decidirla– terminaba dependiendo de la tradicional hermandad del Río de la Plata entre Uruguay y Argentina en la última fecha de la eliminatoria.

Y entonces aparecieron José Néstor Pékerman. Y Radamel Falcao García. Y James Rodríguez. Ellos dos son, con Cuadrado y Ospina, entre muchos otros, parte de una nueva generación que desde las categorías inferiores marcó diferencia mundial. Tras la gesta histórica de Brasil, la Selección Colombia aseguró este martes –con no poco sufrimiento– su segunda Copa Mundo consecutiva y, de paso, nos recordó que la alegría, la unión y la esperanza siguen siendo virtudes de esta nación. Enhorabuena.

editorial@eltiempo.com

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