El río gana

El río gana

Destrabar el proceso para que el río Bogotá logre se descontamine es un esfuerzo que debe repetirse.

08 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Como si se tratara de un cuento macondiano, esta semana terminaron de ser extraídas del fondo de la tierra –75 metros de profundidad– dos enormes tuneladoras que habían quedado sepultadas hace 7 años. Cada una de 500 toneladas. En su momento, las máquinas estaban siendo utilizadas para abrir los corredores que permitirían transportar las aguas residuales del sistema de alcantarillado. Pero, y aquí está la paradoja, el contrato se enredó y terminó envuelto en un escándalo de corrupción en la administración de entonces, y las tuneladoras se apagaron.

Es una buena noticia que de todas formas no soslaya el hecho de que para volverlas a poner a flote la ciudad tuvo que invertir 25.000 millones de pesos y trabajar 24 horas al día durante un año, todo por decisiones políticas lesivas en gobiernos de ingrata recordación. Pero, como se trata de mirar las cosas en positivo, cabe resaltar el hecho de que la actual administración se haya propuesto recuperar los armatostes y facilitar así que los trabajos concluyan. Ello permitirá, en consecuencia, seguir con el diseño y construcción de la estación elevadora Canoas, que recibirá el 70 por ciento de las aguas residuales provenientes de afluentes como el Fucha, Tintal y Tunjuelo y las que produce el municipio vecino de Soacha. De allí pasarán a una nueva planta de tratamiento de aguas residuales (Ptar), para luego ser depositadas en el río Bogotá en mejores condiciones.

Bogotá debe dar pasos decisivos en materia ambiental si quiere insertarse en el exclusivo grupo de ciudades sostenibles.

Como bien lo reseñó este diario, se trata de otro paso significativo que dan la Alcaldía y la Empresa de Acueducto para atender una de las necesidades más apremiantes en materia ambiental de la ciudad: la recuperación de su principal patrimonio hídrico. Meses atrás, el Gobierno ya había conseguido garantizar los recursos que demandará semejante tarea: 4,5 billones de pesos, con aportes del Distrito, la Gobernación de Cundinamarca y la CAR.

Si bien todo este esfuerzo se enmarca en sentencias judiciales que obligan a entidades, empresas y municipios a devolverle la vida al río Bogotá, apurar el proceso hace que se les cumpla al ecosistema y a decenas de comunidades que viven en contacto con él. Es la justicia en favor de las causas ambientales.

A la decisión de construir la estación elevadora se suman otras acciones que permiten ser un poco más optimistas frente a los esfuerzos que se hacen por un mejor ambiente para la ciudad, a pesar de la poca difusión y el silencio de conocedores y críticos de la materia.

Las hay desde la propuesta de un corredor ambiental que se proyecta en los cerros orientales hasta la polémica intervención de la Van der Hammen o la recuperación de humedales a través de la apropiación ciudadana. Apuestas osadas, controvertidas y todo lo que se quiera, pero que ponen de presente que este tipo de asuntos hay que abordarlos en su dimensión real y buscar consensos.

Siguen deudas pendientes, como la falta de acciones decididas para mejorar la calidad del aire; una solución real a las demandas de los moradores del relleno Doña Juana y campañas de pedagogía y cultura ciudadana. Avanzar en todo ello es lo que garantiza que Bogotá llegue a ser una ciudad sostenible.

editorial@eltiempo.com

Río Bogotá

Río Bogotá.

Foto:

César Melgarejo / EL TIEMPO

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