El pobre Américo Vespucio

El pobre Américo Vespucio

La célebre estatua del geógrafo ha sido el blanco favorito de los vándalos de la capital.

25 de octubre 2016 , 07:56 p.m.

En Bogotá, en la carrera 7.ª con la calle 97, frente a los cerros de todos los verdes que reconcilian con una ciudad que no acaba de hacerse, descansa de pie, a pesar de todo, una célebre estatua del geógrafo Américo Vespucio que no ha logrado ser célebre por el hombre al que inmortaliza, sino porque desde que fue instalada –por el artista Octavio Martínez Charry en noviembre de 1987– ha sido el blanco favorito de los vándalos de la capital.

El monumento a Vespucio, que fue inaugurado con un muy sentido discurso del historiador y escritor Germán Arciniegas, pretendía recordarles a los bogotanos la historia de América, pero en cambio les ha recordado que la ciudad está plagada de transeúntes que no se sienten dueños de lo que se encuentran a su paso.

La estatua del pobre Américo Vespucio, ni más ni menos que el cartógrafo italiano que probó que este era un continente que medio mundo desconocía, ha sido vejada, ultrajada, como si fuera la catarsis, la pera de boxeo de varias generaciones. Se le ha visto con media cabeza destrozada, con botellas de cerveza en la mano, con la primera sílaba del apellido tachonada, con cigarrillos entre los dedos, con prendas íntimas con que borrachos envalentonados le cubren la cara. Y ha tenido que ser restaurado ya varias veces, y hace unos años de manera minuciosa, porque no ha sido posible evitar que los desocupados lo asalten en las madrugadas en aquel paraje de paso en el que fue entregado a la ciudad unos meses antes de que cumpliera 450 años de fundada.

Hace tres semanas fue vandalizada –por la falta de vigilancia y de iluminación, pero sobre todo por falta de amor propio– por manifestantes indígenas que participaban en las marchas ciudadanas por un nuevo acuerdo de paz con las Farc. Recuperarla, quitarle las manchas rojas de aerosol, podría costarle a la ciudad cerca de 30 millones de pesos. Se habla de ponerle una cerca eléctrica para que deje de servirles de desahogo a los agresores. Pero quizás sea importante acompañar estas medidas de seguridad con una educación a favor de la historia, a favor de lo que es de todos.

editorial@eltiempo.com

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