El odio y las redes

El odio y las redes

Facebook, Twitter y otros han decidido trazar un límite entre la libertad de expresión y el racismo.

25 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Está claro que ningún derecho es absoluto. Que estos, en una democracia sobre todo, tienen como marco el bien común o el interés general, como quiera llamársele, y que su goce implica también, por lo general, el cumplimiento de ciertos deberes.

Distintos gigantes de internet, como Facebook, Apple, Twitter y Spotify, han decidido trazar un límite entre el derecho a la libertad de expresión y comportamientos racistas y discriminatorios absolutamente condenables. Son los mismos que guiaron a los supremacistas blancos reunidos en Charlottesville, Virginia, en hechos que condujeron a los enfrentamientos con grupos antidiscriminación en los cuales murió una mujer –arrollada por un auto conducido por un joven simpatizante de estas agrupaciones de extrema derecha–, y cuyo tibio rechazo por parte de Donald Trump dejó perplejo no solo a todo un país, sino a todo el planeta.

Tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial quedó claro que ninguna idea con potencial para motivar el odio podía tener cabida en nuestra civilización

Es esta una política que suena muy coherente en la línea con unos acuerdos básicos que involucran a gran parte de la humanidad, sobre todo en lo que al rechazo al nazismo corresponde. Tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial quedó claro que ninguna idea con potencial para motivar sentimientos de odio que se tradujeran en una persecución como la entonces vivida podía tener cabida en nuestra civilización. Así, si una plataforma tecnológica es usada para difundir este tipo de pensamiento, lo sensato y coherente es que quienes tienen en sus manos regularla actúen.

No obstante, en lo relativo a otros discursos que se limitan a generar odio –no aquellos, insistimos, que implican conductas al margen de la ley–, hay quienes argumentan que este remedio puede ser peor que la enfermedad, en la medida en que al silenciarlos es posible que sus promotores recurran a otras vías, violentas quizás, para hacerse escuchar.

No puede haber lugar para apologías del nazismo o para conductas discriminatorias moral y legalmente inaceptables. De eso no hay duda. Lo demás abre un nuevo debate sobre la regulación de la libertad de expresión.

- editorial@eltiempo.com

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