El mayo de las utopías

El mayo de las utopías

Aparte de las valoraciones de ese mes de 1968, se reconoce la importancia de los jóvenes de soñar.

07 de mayo 2018 , 12:39 a.m.

Cinco décadas después de la movilización masiva de jóvenes, trabajadores y estudiantes que tuvo lugar entre marzo y mayo de 1968, con epicentro en París (Francia), son muchas las lecturas que pueden hacerse de ese hecho histórico y de su herencia.

Para dejar claro que las viejas formas autoritarias y deshumanizantes de un modelo de orden social que por largos años permaneció en un lugar sagrado habían caducado, en las calles de la capital francesa se dieron cita miles de manifestantes. Por su parte, en el sector estatal, así como en numerosas industrias, los trabajadores, haciendo uso de su derecho a la huelga, detonaron cambios que fueron los primeros frutos que la movilización cosechó: reducción de las horas de trabajo, de la edad de jubilación y, el que sin duda fue el más representativo, la posterior dimisión, en abril de 1969, del presidente Charles de Gaulle.

De todo se ha dicho y propuesto sobre el episodio: desde lo afirmado en este diario por el reconocido escritor francés Pascal Bruckner, en el sentido de que todos de alguna manera somos hijos de ‘mayo del 68’, hasta el llamado lanzado hace ya algunos años por quien fuera un símbolo de esas movilizaciones, el líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit, a ‘olvidar’ lo ocurrido, toda vez que el mundo contra el que luchaban ya no es el mismo.

Independientemente de las valoraciones que hoy puedan hacerse respecto de hasta qué punto moldearon la sociedad en la que vivimos ahora –al menos en Occidente– esos días de efervescencia en las calles de la Ciudad Luz, hay que reconocer la importancia del que fue su motor: la utopía.

Las nuevas generaciones  deberían retomar esa voluntad que a veces se ve refundida, para mirar más allá de los ires y venires cotidianos

Y tal vez es este el principal legado de esos días: la manera como miles de jóvenes demostraron el poder movilizador y transformador del pensamiento utópico. Desde distintos terrenos –la economía, el ambiente, la sexualidad, la creación artística–, sin duda, el denominador común fue la libertad, que viene de la mano con el atrevimiento personal de apostarle a un futuro ideal.

Una actitud que bien vale retomar. No son pocos los estudiosos de la cultura actual que han coincidido en resaltar cómo la capacidad de poner la mirada en una utopía se diluye conforme aumentan los estándares de vida en distintas sociedades, y con ellos las posibilidades para millones de personas de acceder a bienes y servicios que eran impensables para sus padres y abuelos. Y es bien sabido que al tiempo con estos avances, se consolidan desafíos enormes para el futuro de la humanidad.

Todo lo anterior requiere que las nuevas generaciones retomen esa voluntad que a veces se ve refundida, para mirar más allá de los ires y venires cotidianos y concebir utopías movilizadoras, inspiradoras. Aquí resuena la invitación del papa Francisco el año pasado a los jóvenes colombianos a atreverse a “volar alto y soñar grande”. De vez en cuando conviene revisar las páginas de la historia y detenerse un rato en esos episodios en los que la especie humana ha recordado eso: que somos una especie más que un conjunto de individuos, y que no hay nada más gratificante que soñar en colectivo.

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editorial@eltiempo.com

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