El fantasma del ‘Bronx’

El fantasma del ‘Bronx’

No puede dársele la espalda a la degradación social, ni permitir que hampones que impongan sus leyes

08 de abril 2017 , 12:00 a.m.

Desde mayo del 2016, cuando fue intervenido por el Ejército y por la Policía, aquel tenebroso sector conocido como el ‘Bronx’ se ha vuelto un fantasma que recorre Bogotá.

No es fácil desmontar en casi un año un territorio del crimen, de trata de personas, de venta de drogas, de prostitución y tortura, que creció durante mucho más de una década. Se trata, a fin de cuentas, de desbaratar una mafia enquistada en la capital.

Pero la lección del ‘Bronx’, que a su vez nació cuando fue desmantelada la calle de El Cartucho, es que no puede dársele la espalda a la degradación social ni puede permitírseles a los hampones que impongan sus leyes.

La delicada tarea es evitar que se repita una historia que ha sido el titubeo de las estrategias de la seguridad.

Ha dicho el Distrito, por ejemplo, que está interviniendo las redes delincuenciales que –luego de la recuperación de aquella olla de muerte– se han estado esparciendo por un par de barrios de Ciudad Kennedy, por Llano Grande y por María Paz. Se trata de defender a los niños de los ofrecimientos y de las amenazas de los jíbaros, de recobrar el espacio público a fuerza de obras, de repeler los embates de una criminalidad que se ha ido asentando con el paso de los años, para que empiecen a abrírseles las oportunidades a tantos bogotanos vulnerables que se encuentran amenazados día a día.

Según lo dice un estudio reciente de la Fundación Ideas para la Paz, esos dos son los grandes retos para la actual administración de la ciudad: por un lado, proteger a los niños y a los habitantes de la calle; por el otro, impedir que las mafias se rearmen y recluten a jóvenes en nuevos lugares de Bogotá.

El Distrito y la Policía tienen por delante un enorme desafío: el de identificar no solo en qué lugares se están moviendo los llamados ‘ganchos’ de malandros y de traficantes de drogas y de torturadores capaces de todo, sino dónde pueden comenzar a montar nuevos territorios sin dios ni ley, nuevas ollas en donde se le vuelvan una pesadilla a la institucionalidad.

La delicada tarea es evitar que se repita una historia que ha sido el titubeo de las estrategias de la seguridad, pero también el atraso en políticas sociales que vuelvan suicida e innecesaria una vida criminal en Bogotá.

editorial@eltiempo.com

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