El desalojo de Suba

El desalojo de Suba

Bogotá debe ser solidaria con estas 1.200 personas que se debaten entre la orfandad y la indignación

28 de abril 2017 , 12:00 a.m.

La historia terrible del desalojo de Suba, en Bogotá, resume varias situaciones dolorosas que se viven en nuestras ciudades: el desamparo en el que se encuentran miles de colombianos desesperados, desplazados por la violencia o la pobreza, que terminan ocupando las orillas y las laderas en ciudades grandes y pequeñas del país; la invasión de predios que no solo hacen parte del espacio público, sino que, como se ha visto en estos días de invierno, resultan sumamente peligrosos para establecer una casa; lo difícil que es para las autoridades lidiar con estos dramas humanos sin caer en enfrentamientos cargados de violencia y sin que estas terminen convertidas en las villanas de la historia.

Las imágenes son devastadoras: familias con sus colchones y sus televisores en las aceras, niños sentados en sardineles mientras se les notifica dónde van a dormir esa noche y casas hechizas convertidas en cenizas por el incendio en el que terminó el desalojo. Pero la historia detrás de las escenas de pesadilla, sin embargo, empezó hace 40 días, cuando la alcaldía local de Suba les notificó a las 350 familias que lo ocupaban que debían abandonar el terreno –y les pidió que lo dejaran voluntariamente y les dio alternativas–: no solo estaban invadiendo la ronda del río Bogotá, sino que, sobre todas las cosas, sus vidas estaban en riesgo.

Bogotá debe ser solidaria con estas 1.200 personas que se debaten entre la desazón y la ira, entre la orfandad y la indignación, incluso expuestos a que los infiltren personas que mueven complejos intereses. Bogotá debe conmoverse con esta noticia que ha terminado en llamas, en acusaciones de parte y parte por los enfrentamientos, que no hemos aprendido a evitar. También debe defender las vidas de estos bogotanos que se la juegan desde que improvisan sus casas en lugares como el barrio Bilbao: como ha dicho el fallo del Juzgado 23 Penal Municipal y ha ratificado el concepto de la Personería de Bogotá, en este caso el Distrito ha obrado como le correspondía, y era lo correcto pedirles a aquellos ciudadanos que salieran de allí antes de que fuera demasiado tarde.

editorial@eltiempo.com

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