Editorial: El crimen de Leonardo

Editorial: El crimen de Leonardo

La indiferencia ha convertido el fenómeno de los colados de TransMilenio en algo incontrolable.

17 de enero 2017 , 08:40 p.m.

Bastó un simple reclamo para que Leonardo Licht, de 22 años, perdiera la vida. Lo hizo mientras cumplía su deber: ayudar en la orientación de los pasajeros que a diario utilizan el sistema TransMilenio de Bogotá. Pero su labor no se limitaba a esto, también llamaba la atención a quienes intentaban ingresar a las estaciones del sistema sin pagar.

Ese reclamo a un sujeto, del cual después se vino a saber que era un exconvicto, fue el motivo para que Leonardo muriera luego de ser apuñalado. Hasta ahí llegaron sus sueños de ser un profesional. La acción demencial sucedió a plena luz del día y frente a decenas de pasajeros que a esa hora se encontraban en la misma estación.

Lo ocurrido colmó la paciencia no solo de las autoridades, que volvieron a anunciar medidas contra los colados, sino de la ciudadanía en general, cansada de ver, impotente, cómo miles de usuarios repiten la misma práctica a diario. Ya no les importa poner en riesgo su integridad o la de sus propios hijos, sino que, como acaba de suceder, están atentando contra los funcionarios que cumplen con su deber.

Con este crimen, a ojos de muchos, los colados han dejado de ser simples contraventores de una conducta reprochable para ser considerados, incluso, potenciales homicidas. Al respecto, basta repasar las cifras o escuchar los testimonios de las 2.000 personas que colaboran en el sistema para confirmar que una muerte como la de Leonardo era cuestión de días.

El año pasado hubo 1.092 agresiones de todo tipo contra estos trabajadores, sin incluir insultos, humillaciones y amenazas contra su integridad física. Las fotografías que publica este diario dan cuenta de la difícil situación que deben afrontar aquellos que intentan evitar que se le robe al sistema, es decir, a todos los bogotanos. Porque esa es la consecuencia directa: los más de 100.000 colados que, se estima, burlan al sistema diariamente generan pérdidas millonarias que deben asumir quienes sí pagan el pasaje, y que terminan afectando la calidad del servicio.

Este es un cáncer que se ha venido agravando a lo largo de los años (en el 2016 dejó cuatro muertos). Y la laxitud con que se ha enfrentado ha permitido que hoy esté desbordado. Si desde que se hizo evidente se hubiera atacado con severidad este fenómeno y se hubieran implementado estrategias para una pedagogía del buen uso del sistema o se hubiera apelado a la sanción social, se habría sembrado la semilla de una ‘cultura TransMilenio’, como la que hoy exhibe el Metro de Medellín. Mejorar la situación requerirá un esfuerzo descomunal de todos. Y lo primero es enfocarse en una mejora sustancial de la infraestructura para garantizar la seguridad en las puertas de acceso a las estaciones, en los torniquetes, en el control efectivo de la entrada y salida de pasajeros y en una autoridad que se haga sentir.

En segundo lugar, hay que insistir en la pedagogía, quizás lo más difícil, pues lo urgente de vencer es la indiferencia de la gente. Mientras se sigan patrocinando prácticas como las ventas ambulantes en los buses, los mismos colados y toda actividad que atente contra los usuarios de bien, será difícil que TransMilenio recupere su valía.

editorial@eltiempo.com

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