Editorial: Cuando las mujeres denuncian

Editorial: Cuando las mujeres denuncian

Es inaceptable y vergonzoso que a esta altura la respuesta de las instituciones sea tan precaria.

25 de septiembre 2016 , 10:36 p.m.

Cuando el termómetro de la indignación ya alcanza punto de ebullición mientras se lee el relato de María Isabel Covaleda, en el que describe una brutal agresión de quien había sido su pareja hace unos días, en el teatro Faenza de Bogotá, viene el recuento de la respuesta de las autoridades a su loable voluntad de denunciar el condenable hecho, y este medidor de temperatura simplemente revienta. Parsimonia, indolencia e ineficiencia componen la triste norma.

Superada la rabia, queda claro que estamos ante un desafío más que urgente para la Policía y la Fiscalía. Es hora de que todo lo que ambas instituciones han avanzado –porque claro que lo han hecho– en materia de atención a mujeres víctimas de violencia de todo tipo pase de las palabras a los hechos. Es hora de fijarse en los procedimientos de patrulleros y funcionarios de las URI, que son el primer rostro del Estado que ve una mujer que confía en él, que busca en él justicia, amparo, tranquilidad, luego de un episodio absolutamente traumático como el que relata Covaleda.

La envergadura del problema es tan clara como aterradora: de acuerdo con impresionantes datos del 2015 de Medicina Legal, cada 13 minutos una mujer es víctima de un acto de violencia en el país. Según la misma fuente, cada cuatro días una mujer muere en Colombia a manos de su pareja. Y como reporta otra entidad, la Defensoría del Pueblo, el promedio de casos de agresión sexual contra las mujeres es de 38 casos diarios. Sí, aterrador. Y hay que decir que son miles los episodios que no son registrados por las estadísticas oficiales, dado el recurrente temor a la denuncia que se presenta cuando irrumpe esta forma de violencia.

Ha habido, eso sí, señales esperanzadoras de reacción de la sociedad frente a este desafío. Casos simbólicos como el de Rosa Elvira Cely han tocado las fibras y han llevado a hondas reflexiones a todo nivel. Pero una vez más nos damos cuenta de lo difícil que es llevar esas voluntades de los foros, de los discursos, de los documentos que trazan políticas al día a día del funcionamiento de las instituciones.

No es justo, es vergonzoso, que ante un flagelo de tal magnitud, cuyo alcance ha sido denunciado una y otra vez desde distintas orillas, por distintas voces, los operarios de la justicia todavía lo asuman con esa combinación de impericia e indolencia que termina por revictimizar.

¿Cómo es que no se cuenta con un protocolo para cuando una denuncia así toca las puertas de una URI? ¿Cuántas valientes mujeres más en el país que deciden actuar frente a sus victimarios sufren a diario el drama de María Isabel Covaleda?

Todo esto deja una perturbadora y amarga sensación de impotencia. La misma, valga la pena retomar la queja, que diariamente padecen los ciudadanos que acuden a denunciar un delito de cualquier índole. El fiscal Néstor Humberto Martínez ha dicho que cambiar este estado de cosas es una prioridad. Lo que le ocurrió a María Isabel le da un motivo más, como si hicieran falta, para no descansar en este empeño. Para que la valerosa invitación a no callar tenga, por fin, el respaldo debido y necesario de las instituciones.

EDITORIAL

editorial@eltiempo.com.co

MÁS COLUMNAS

Columnistas

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA