Editorial: Dos semanas después

Editorial: Dos semanas después

Si en algo coinciden todas las voces es en que el reloj es el gran enemigo de la esperanza de paz.

16 de octubre 2016 , 01:46 a.m.

En un marco de inquietud, ansiedad y marcada expectativa de la opinión han transcurrido las dos últimas semanas en Colombia. El resultado del plebiscito del 2 de octubre sacudió el panorama político –y de paso al país–, y es la hora en que todavía no se puede decir que las aguas se hayan decantado lo necesario como para poder ver con claridad ni el escenario resultante ni, mucho menos, hacer pronósticos que trasciendan la mera especulación sobre el rumbo que tomará el proceso de paz con las Farc.

Sin duda, los millares de colombianos que en distintas fechas y diversas ciudades se han volcado a las calles, así como los empresarios, académicos e intelectuales que mediante cartas han reafirmado su compromiso con una salida negociada del conflicto, comparten todos la angustia de saber frágil el cese bilateral del fuego bajo las actuales circunstancias. Si en algo coinciden todas las voces es en que el reloj es hoy por hoy el gran enemigo de la esperanza de paz.

De ahí la necesidad de renovar el llamado a buscar con urgencia la salida del actual atolladero. A una sociedad civil dispuesta a no jugar esta vez un rol pasivo –y acá nos referimos a todas las orillas ideológicas–, actitud que en buena medida comparte con una comunidad internacional que ha dado distintos mensajes –el premio Nobel a Juan Manuel Santos es el más certero– de que la paz de Colombia es un asunto que el país debe en su soberanía resolver, sí, pero que tiene unas implicaciones que trascienden nuestras fronteras, y de allí que la atención no decaiga y las naciones a las cuales se les han asignado funciones permanezcan firmes en el compromiso de desempeñarlas.

En este contexto, representantes de las diversas fuerzas políticas que se alinearon en torno al ‘No’ se han sentado a la mesa, bien sea con el Presidente o delegados suyos, con el único objetivo de lograr un pacto que le haga justicia al veredicto de las urnas al tiempo que le dé un nuevo y definitivo empujón a la negociación con las Farc. Contactos indispensables y bienvenidos, que se inscriben en un anhelo de paz robustecido gracias al positivo anuncio del comienzo, por fin, de las negociaciones con el Eln.

Por supuesto, al ser la colectividad que llevó –a raíz de su fuerza electoral– la voz cantante en la campaña del plebiscito, y por tener como líder a una figura fundamental en el ámbito político actual como lo es el expresidente Álvaro Uribe Vélez, el Centro Democrático ha jugado un papel preponderante. Este partido ha destapado ya sus cartas, dando a conocer una lista de diez puntos que reúnen sus reparos al Acuerdo Final.

No es el caso entrar a hacer consideraciones con alto nivel de detalle acerca de cada una de estas posturas. Sí es primordial, en cambio, advertir que lo expresado por los colombianos en las urnas se circunscribe al plano de la negociación con las Farc y del texto final que recoge sus resultados. Que, en consecuencia, de quienes legítimamente movilizaron a un sector significativo de la ciudadanía para respaldar su rechazo se espera que entiendan que el mandato obtenido no es absoluto y encuentra sus límites en el marco de los temas y posturas que formaron parte de la negociación y quedaron consignados en el documento de marras.

Se equivocan al asumir que el triunfo del ‘No’ convirtió el proceso con los hombres de ‘Timochenko’ en, dicho coloquialmente, un árbol de Navidad al que se le pueden colgar todo tipo de reformas, con ambiciones que trascienden de lejos el propósito de buscar una nueva versión del acuerdo que incluya los reparos que motivaron a más de 6 millones de colombianos a rechazarlo. La que involucraría a la Ley de Víctimas, promulgada hace cinco años, es buen ejemplo de lo anterior.

Mención aparte merecen las Farc. Tienen la oportunidad de despejar cualquier duda respecto a que han entendido hasta sus últimos alcances el mensaje que el resultado del 2 de octubre entraña para ellas. Han optado, a buena hora, por ingresar a la democracia, decisión que impone darles a los pronunciamientos del pueblo a través del voto la importancia debida, sobre todo cuando existía la voluntad previa de someter el acuerdo a la refrendación popular. Ahora el desenlace de esta historia los deja en la posición de tener que aceptar que el sentimiento de satisfacción por el acuerdo logrado no es unánime, lo cual conlleva la obligación de asumir una postura acorde con los valores democráticos.

Un mandato que exige ajustes que, igualmente, conduzcan a la paz, objetivo que tiene respaldo mayoritario. Hacer de esta crisis una oportunidad depende casi exclusivamente de que el triunfo del ‘No’ no tome un cauce equivocado. Cada día que pase, tal riesgo aumenta. De ahí el llamado a avanzar sin prisa pero sin pausa, y en un marco temporal claramente delimitado, que, en cualquier caso, no debería ir más allá del 31 de diciembre.

editorial@eltiempo.com.co

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