Después de Mosul

Después de Mosul

Pese a su repliegue, el fin Isis depende de logros políticos que todavía no se ven.

14 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Aunque muy importante, la batalla ganada por el ejército iraquí, la policía federal, los aviones de la coalición liderada por Estados Unidos y los peshmergas –feroz milicia kurda–, que permitió arrebatarle a Isis el control de Mosul, segunda ciudad de Irak, está todavía lejos de significar el fin de la guerra contra esta agrupación extremista y no menos terrorista.

El fin del yugo que esta organización había impuesto en las espaldas de los habitantes de la histórica ciudad e implicaba, entre otras imposiciones, un estricto cumplimento de ritos religiosos, todo en un marco de fortísima represión, sin duda significa un alivio. Mucho más que un paraíso, sus más de 500.000 habitantes habían vivido un infierno, denominación que en meses como el actual ha tomado visos de literalidad, toda vez que la temperatura alcanza los 45 grados centígrados.

Mosulrg

Las fuerzas iraquíes confirmaron este lunes la toma de la ciudad de Mosul, que fue una de las capitales del grupo Estado Islámico.

Foto:

AFP

Canícula aparte, la victoria militar trajo un cierto respiro para los mosuleños y ánimos de celebración no obstante el saldo de muerte, destrucción y dolor que dejaron los combates –“quizá nunca se conozca realmente la mortandad en la batalla de Mosul oeste”, dijo Amnistía Internacional en un duro informe– y el hecho de que aún tiemblen al escuchar las detonaciones provenientes de los combates contra los últimos reductos de Isis, parapetados en una zona de la urbe denominada Al Qaliyat. Además, ellos, como los demás habitantes del país, incluidos los de Bagdad, la capital, ahora temen los atentados con carros bomba. El terrorismo puro y duro es el arma a la que ahora le ha apostado la organización extremista, dados sus recientes retrocesos en cuanto a control territorial tanto en Irak como en Siria.

La pregunta obligada ahora es qué tan cerca puede estar la derrota total de Isis, anhelada por millones en el planeta.

Es tan compleja la situación que no pocos se refieren a un alto riesgo de que la recuperación de Mosul desemboque en la desintegración del país

La respuesta debe comenzar por el mencionado tránsito al terrorismo, lo cual obliga a volver a barajar a quienes lideran la estrategia contra el califato. Pero, sobre todo, hay que referirse a las condiciones sociales y políticas de las que se alimenta una organización así. Entonces hay que hacer alusión a las fortísimas tensiones –que sobreviven– políticas y étnicas de la sociedad iraquí: urge que sus líderes logren deponer intereses particulares para lograr los mínimos acuerdos sobre los que se construye un proyecto nacional en el cual quepan la mayoría chií, la minoría suní y los kurdos, entre muchos otros grupos. Es tan compleja la situación que no pocos se refieren a un alto riesgo de que la recuperación de Mosul desemboque en la desintegración del país.

Lo que hay que tener claro aquí es que son esas rasgaduras en el tejido social las que aprovecha el extremismo para que por sus raíces penetren a una comunidad. Ya sea en Irak, Siria, Libia, el Sahel o los suburbios de las grandes ciudades europeas adonde llegan a escampar los inmigrantes, donde crecen sus hijos.

A Isis hay que combatirlo. Su barbarie no puede tener cabida en el planeta. De eso no cabe la menor duda. Pero es una lucha que se debe librar en el entendido de que tiene dos frentes: el de la lucha contra la encarnación en hombres, armas y bombas del fenómeno y el de asegurarse de cauterizar las heridas en las que pelecha.

- editorial@eltiempo.com

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