Editorial: Después de la victoria

Editorial: Después de la victoria

La balanza se inclinó en favor de quien se presentó como carente de los vicios políticos de siempre.

13 de noviembre 2016 , 12:27 a.m.

Han pasado varios días desde cuando se supo el resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, y el mundo todavía no sale de su estupor. Los expertos tratan de explicar por qué los ciudadanos de la nación más poderosa del mundo escogieron a Donald Trump, con su larga lista de defectos, como nuevo inquilino de la Casa Blanca, al tiempo que propios y extraños se preguntan sobre cómo va a gobernar alguien sin experiencia en la administración pública.

Con respecto a lo primero, vale la pena decir que todas las señales estaban ahí: los ocho años que llevan los demócratas en el poder, la inconformidad de una buena parte de la población ante ciertas políticas de la administración actual, las crecientes protestas de los conservadores en el mundo entero por unas sociedades incluyentes que, según ellos, los excluyen; los cuestionamientos a la globalización, la inmigración y el libre comercio, y las falencias de Hillary Clinton como candidata, considerada una típica representante del odiado establecimiento.

En consecuencia, la balanza se inclinó en favor de quien se presentó como desprovisto de los vicios políticos de siempre, capaz de llamar pan al pan y vino al vino. Esa percepción llevó a que la gente le perdonara al aspirante republicano sus incontables salidas en falso, comenzando por el racismo y la misoginia. Por increíble que parezca, los defectos se convirtieron en cualidades: la falta de conocimiento en los asuntos del Estado se vio como una ventaja para una persona que promete dar respuestas diferentes a los problemas de siempre.

Ahora, concluido el conteo, arranca otra etapa. Las cábalas apuntan a una administración que eche para atrás los avances en derechos, en políticas para la igualdad, en tratados de libre comercio que seguramente serán renegociados. Nada tendría de raro que en estos cuatro años Estados Unidos sufra una transformación que afecte a sus socios y a sus enemigos, todo a causa de una actitud más imperial y egoísta, más propensa a los roces y los desencuentros.

Las inquietudes están presentes en todas las latitudes, desde China hasta la Unión Europea. América Latina no es la excepción, entre otras razones porque la economía mexicana ha visto desplomarse el valor del peso y de su bolsa de valores no solo por el compromiso de construir un muro en la frontera, sino por cerrar el mercado al cual llega el 80 por ciento de sus exportaciones.

Colombia, a su vez, podría ver cambios en temas álgidos como la lucha contra el narcotráfico, la fumigación de los cultivos de coca, la extradición de colombianos y el apoyo al proceso de paz. Es de imaginar que las Farc y el Eln han tomado nota de lo que el cambio de mando en Washington significa, por lo cual es mejor concluir las negociaciones más temprano que tarde para evitar tropiezos futuros.

Sin duda, la elección del martes es sobre todo una lección para los sectores progresistas de las democracias actuales: no sobre los valores democráticos, que han sido una realidad y un anhelo, ni sobre la necesaria defensa de las minorías y los derechos humanos, ni sobre la inaplazable búsqueda de sociedades que condenen el racismo, el machismo y la homofobia, pues nada de ello está en cuestión. El llamado de atención es sobre la frustración y el resentimiento que han causado ciertas conquistas en sectores de la población que sienten que su calidad de vida es peor, sobre lo cansados que están millones y millones de ciudadanos de ser tildados de retardatarios e ignorantes por políticos que no han querido debatir nada con ellos.

En medio de la aplastante derrota, ha querido verse el ascenso del magnate como el descenso de Estados Unidos a los infiernos, como el apocalipsis. Pero también podrían reconocerse señales para la esperanza: el inmediato llamado a la unidad de la nación hecho por Barack Obama, la dignidad con que la ex secretaria de Estado reconoció su derrota e invitó a apoyar al nuevo gobierno, la primera reunión entre el presidente electo y el saliente, llena de frases conciliadoras y de generosidades de parte y parte, las cuales podrán sonar a diplomacia vacía, pero que son también muestras de que se ha elegido el camino de las instituciones.

Quizás se haya estado vaticinando el desastre antes de tiempo. Sí, Trump, un potentado burdo, sin preparación alguna para ser presidente, atizó en la campaña las cenizas del racismo, del machismo, de la xenofobia, del patrioterismo, para seguir siendo un ganador. Pero falta ver si en apenas cuatro años podrá o querrá reducir todo un sistema democrático –con sus pesos y sus contrapesos– a una más de las empresas que llevan su nombre o si se verá obligado por la Historia a ser un eslabón más de una cadena que sigue ensayando y errando en busca de la convivencia entre los seres humanos que han llegado a Estados Unidos. El mundo confía en que suceda lo segundo.

editorial@eltiempo.com.co

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